12 dic. 2008

2

Abrió exageradamente sus ojos, sorprendido al ver la mesa que había dejado la mujer. Ella salía; le asaltaba la duda, tenía que decidir si abordarla o hacer caso a las instrucciones del posa-vasos... Ahora cobraba significado lo escrito en letra pequeña, pero su instinto quería ir tras ella y preguntar... preguntar hasta agotarse. Volvió a leer el posa-vasos incrédulo…

“Recogerá un libro olvidado..., sin embargo a mi me interesa que "a la luz del primer farol intenté leer su estandarte (...) Velada anarquista, teatro mágico, entrada no para cualquiera". pág. 45. No me siga.”

Así que, al final de la disyuntiva, decidió sentarse mirando fijamente las tapas del libro que había dejado “olvidado” en la mesa y que tan bien conocía... El lobo estepario.
¿Cómo no se había dado cuenta antes de que fueran frases del libro? Y de ese precisamente. Le desconcertaba más lo que encerraban aquellas pocas palabras que lo que pudiera responder la mujer, además, ella se había alejado, deprisa, casi corriendo, sin mirar atrás.
Una chica se acercó a la mesa y le preguntó algo. No la entendió. Le miró los labios en un intento inútil de leerlos, no sabía porqué hacía eso cuando no había entendido a alguien. La chica volvió a preguntar con cara de asco.
- ¿Va a tomar algo?
- ¿Tienes hora?
- ¿Por qué? ¿Dependiendo de la hora toma una u otra cosa?
No fue la chica la que contestó, si no el mismo hombre que le cambió le posa-vasos en el bar aquella noche. Su posa-vasos, sucio y reutilizado cientos de veces en aquel oscuro bar. Pero suyo. Por ese otro, lleno de letras sin sentido… hasta el mismo instante en que vio el libro. El libro. Él tenía los brazos apoyados en la mesa y sus manos acariciaban el lomo y las tapas de una primera edición. Instintivamente lo acercó hacia sí, con suavidad, como protegiéndolo. El hombre se sentó a su mesa, enfrente de él y la chica volvió a preguntar asqueada…
- ¿Van a tomar algo?
- Un café. Solo, por favor. – Contestó el hombre.
Él se limitó a mover ligeramente la cabeza insinuando un no. La chica se fue arrastrando los pies. ¿Por qué harían eso todas las chicas de las putas granjas-cafeterías-librerías-papelerías con cara de asco? Eso era algo que tendría que plantear como debate importantísimo en la próxima cena con los amigos en su casa. Pero… ¿qué estaba haciendo? Se iba, su mente se iba. ¿Qué pasaba? Veía claramente al hombre pero cambiaba de color, o mejor dicho, lo perdía diluido en el gris, como una acuarela de tonos apagados. Tonos apagados de gris. Matizados en otros colores, pero gris. El hombre no parecía sorprendido de ese hecho, podría decirse que lo estuviera esperando. Tenía calor otra vez, como cuando Martín le recordó a la mujer. Le pasaban cosas muy extrañas siempre que aparecía ella. La primera noche en el bar, ella lo miró y todo cambió de color, todo menos el whisky de su vaso, que seguía siendo dorado, sí, de un dorado brillante. También desde aquella noche llevaba sombrero, nunca antes lo había llevado, pero recordaba con total nitidez como lo colocaba bien para tapar sus ojos a los ojos de los demás, apoyado en la barra con el mismo brazo que sujetaba el vaso de whisky, mientras que del otro colgaba un gabán. Un gabán que tampoco tenía con anterioridad. Era como si llevar o no llevar sombrero y gabán aparecieran y desaparecieran de su vida como por arte de magia. Y él lo había aceptado como si fuera lo más normal del mundo, incluso sus amigos.
La chica volvió con un café en una tacita blanca sombreada en gris y el nombre del establecimiento bordeando el plato que la portaba, depositó también un cuenco de cristal con terrones de azúcar blanco y… gris. Dedujo que se trataba de azúcar moreno, pero él lo veía gris, estaba seguro de eso. La chica sonrió, ya no llevaba la falda negra caída con la camiseta verde ni mostraba el aspecto desaliñado de antes, ahora su falda le llegaba justo a la mitad de la pantorrilla y era ajustada, de un negro mate; la camisa, de manga muy corta y gris verdosa, estaba pulcramente remetida en ella y un fino cinturón de piel clara rodeaba su cintura.
- ¿Quiere un vaso de agua? – Le preguntó, tal vez al ver su cara cada vez más pálida.
Si el haber encontrado a la mujer del bar en la granja, el libro “olvidado” en la mesa y el hombre del posa-vasos parado enfrente de ella que se diluía en gris, lo había descolocado anteriormente, ahora el hecho de que la chica con cara de asco que arrastraba los pies al caminar se hubiera transformado en una especie de ángel de las camareras, le estaba causando serios trastornos psicológicos. La voz del hombre vino a devolverlo a la desconcertante realidad grisácea en la que ahora estaba inmerso.
- El señor tal vez prefiera un vaso de vino de Alsacia, ¿tienen aquí de ese vino?
- Puedo preguntar, si lo desea.- Dijo ella, y se giró en su dirección esperando una confirmación por su parte.
Vino de Alsacia. ¿Vino de Alsacia? No le apetecía tomar vino a esas horas, si solo eran las…
- ¿Qué hora es?
- Debería usted llevar reloj, querido amigo. Parece estar preocupado en saber la hora del día en la que nos encontramos cada dos minutos. Aunque, créame, eso no tiene la menor importancia.
- Según usted, ¿qué la tiene?
- Esa pregunta plantea muchas posibles variantes. Y como son posibles, lo cual quiere decir que no del todo seguras, y variantes, que vendría a significar lo mismo pero mutando a la vez, acabaríamos concluyendo que es una pregunta estúpidamente inútil de plantear así como de responder, por la multiplicidad de respuestas y la poca fiabilidad de ellas.
- ¿Me está tomando el pelo? ¿Quién coño es usted?
- Ah, querido amigo, tiene razón, no nos hemos presentado. – El hombre se levantó y alargó la mano derecha en su dirección. – Me llamo…
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