18 mar. 2009

Cuento en tres partes 3ª

La piel

"Escherzo"


Llegó pronto, siempre lo hacía. Desde el primer día. Nunca imaginó conseguir ese trabajo, por más contenta que saliera aquella tarde de la entrevista. Se cambió de ropa y fue a buscar la carpeta con los informes. Después de repasarlos y ver que no había ningún ingreso nuevo y recibir alguna instrucción particular para un caso concreto, inició su ruta. Empezaba por él. No por nada en especial, si no porque era el que más tiempo requería en sus curas.

Le costó mucho abrir los ojos. No podía moverse, por lo menos no sin morir de dolor en el intento. Vio una silueta difusa, a contraluz y a pesar de eso, blanca. Debía ser por la bata de hospital.

Primero quitaba todos los apósitos de un lado y limpiaba con cuidado todas las heridas supurantes. Había veces que él se removía en la cama. Por el dolor imaginaba. No lo hacía de forma brusca, lo cual aún la conmovía más. Aún estando sedado, debía ser doloroso. Cuando acababa de un lado, llamaba a alguien para voltearlo y repetir el mismo procedimiento en el otro. No podía hacerlo sola, pesaba demasiado.



Hoy había llegado hasta él un olor familiar, dulce, como a flores. Le costaba pensar, se volvió a dormir.

Nunca había visto un hombre tan grande hasta el día de la entrevista. La verdad era que no le había resultado nada esperanzador verlo esperándola en la puerta del despacho. A su lado, él parecía un gigante, con sus dos metros de altura y casi 100 kilos de peso. Cuando le estrechó la mano al salir, supo que no la llamarían. La había estado observando con curiosidad y sin esconderse de ello. Por lo menos eso, se lo agradeció. Aunque no entendió que no estuviera al corriente de su historial. Cuando, una semana más tarde, Marcos la llamó comunicándole su ingreso en plantilla, no salía de su asombro.

No sabía cuanto tiempo llevaba allí, pero ese día se le estaba haciendo largo. Aún no habían entrado a curarlo.

Cuando recordaba aquellos primeros días, el nerviosismo, el ajetreo de las prácticas, la adaptación a los compañeros, las miradas desconfiadas de la gente a la que tenía que curar y de cómo se impresionó cuando se enteró de quien era él, sentía frio. Muchas veces pensaba que quizá pasara más tiempo del debido curándole, total, no era más que otro paciente. Tal vez lo hacía para agradecerle el haberla elegido o porque él no podía poner reparo en que fuera ella la que lo curara.

Se había dado cuenta de que los días más largos eran fin de semana. Aunque no todos los fines de semana eran eternos, solo si ella no tenía guardia.


En esa habitación se sentía segura, era la inyección de confianza que necesitaba para superar el día de trabajo, siempre sujeta a las constantes miradas. No pensó que le costaría tanto pasar de ellas. Lo tenía todo controlado antes de empezar en el hospital. La gente y sus preguntas no le suponían ningún problema, al contrario, era un reto buscar una contestación original para cada uno. Pero allí todo era distinto. Allí era ella la que curaba. Y estaba herida. Salvo en aquella habitación.

Sus gritos no se oían, no sabía porqué, pero no podía articular palabra. Le hacía daño e intentó quejarse. Era inútil. Ella no tenía la culpa, pero sentía tanto dolor que le resultó imposible permanecer por más tiempo consciente.

La isla de su calma se esfumaba. Lo sabía y, aún así, ella seguía empeñada en que eso no pasara. Era como recordar su vida, desde el principio, una y otra vez, una y otra vez…

El otro día ella le habló. Parecía que lo hubiera hecho anteriormente, porque lo hacía con familiaridad, pero él no lo recordaba. Se acercó para hacerlo. Le dijo que no se preocupara, que lo haría despacio. Pobre. Intentaba no herirlo en todos los sentidos.

Se sentía triste. Ya no le gustaba entrar y verlo allí tendido. Era como ver su propia derrota. Pero no sabía como ayudarlo. Le había empezado a hablar más a menudo aunque todos le decían que no era bueno entablar una relación estrecha con un paciente en ese estado.

Volvió a acercarse mucho ayer por la mañana. Olía tan bien. No podía ver con claridad su cara, pero le sonreía cuando le hablaba. Él sabía que debía tener un aspecto horrible y que olía mal, tenía heridas por toda la superficie de su cuerpo que le supuraban constantemente, a pesar de las veces que ella venía a curarle.

Alguna vez pensó que hacía todo aquello como agradecimiento porque él la eligió a ella entre un montón de gente. Ella, pequeña y tapando cada milímetro de su piel para no ser juzgada por su aspecto. Desde esa mañana ya no lo hacía, llevaba el uniforme como todas las demás. Notó que la miraban, pero le daba igual. Entró en la habitación y empezó a hablarle. Hoy le amputarían una pierna.

Ese día ella se acercó de nuevo mucho. Le contó algo de una pierna, ¿tal vez suya?, él grito. Era extraño, porque se oyó la voz. No se parecía en nada a la que él se recordaba. Luego perdió el conocimiento.


Lo habían dejado sentado. Cuando entró temprano por la mañana se lo encontró así. Llamó al responsable pero no supieron darle explicación, nadie sabía con certeza las horas que llevaba sentado. El vendaje le supuraba por la parte superior y no olía nada bien. Ese día lo pasó intentando salvar la otra pierna. Esta vez lo haría a su manera. Salió a por sus pomadas.

Por fin le había visto la cara. Entre nieblas, pero la había reconocido, aunque no por la cara, si no por los pies. Sentado tenía otra perspectiva que en la cama. Le estuvo aplicando una espacie de aceite que olía muy bien, como ella. Por fin había dejado de heder. Esa noche recordó que él… no llegó a elegirla para el puesto. Menos mal que alguien sí lo hizo.

Por la mañana ya no estaba. Era el primero en quirófano. Cuando lo subieron aún dormía, pero ella volvió a curarle los brazos y el torso y todo lo que le restaba de piernas, con sus ungüentos.

Es curioso lo que uno piensa estando postrado en una cama, y sobre todo, en una cama de hospital. A veces, las enfermeras de la tarde, se dejaban la puerta entre abierta y él veía pasar a gente. Personas que visitaban a otras personas, que abrazaban, que besaban… es curioso lo que echas de menos en una cama de hospital.

No era su turno, acababa de irse apenas un par de horas antes. Subió por la escalera y entró en su habitación. Estaba solo, como suponía. Nadie entró a hacerle compañía. Ni siquiera la enfermera para ver si necesitaba algo. Excepto ella.

Lo necesitaba. Era ya una carencia que se le hacía insoportable, casi tanto como el saber que jamás volvería a ser el que era.

Llegó muy temprano, más de lo habitual. Se lo encontró llorando.

Estaba cansado. Muy cansado. Mucho más que cuando corría los 20 kilómetros por las tardes. Y no podía decírselo, porque no podía hablar.

Esa tarde había pedido que la ayudaran a sentarlo de nuevo, al lado de la ventana. Se quedó con él hasta tarde. Muy tarde.

Se sentó en el suelo, a sus pies… o donde deberían haber estado. Le contó su historia. La envidiaba, porque ella lo había superado. Volvió a tener ganas de llorar. También le confesó que lo que más echaba ella de menos cuando estaba mal, era el contacto con otra piel. En su caso era inútil, ya ni siquiera le dolía cuando lo curaba. No sentía nada. Ni dolor. Incluso eso echaba de menos.

Le había costado aceptarlo, casi más que si fuera alguien cercano a ella… tal vez lo fuera. Tal vez la piel los unió. Esa mañana fue dispuesta a hacerlo, pero llegó y ya no estaba. Sufrió una crisis por la noche y lo habían llevado a la U.C.I. Acabó su turno y bajó a verlo. Se quedó un momento mirando los tubos y cables que lo mantenían con vida. Se acercó y bajó la sedación, desconectó el respirador y esperó a que tomara conciencia. Como imaginó, nadie se acercó mientras ella estuvo allí. En el fondo, fue fácil.

Se despertó en otro lugar, pero ella estaba allí, mirándolo. Lo esperaba y él lo sabía. Las lágrimas escaparon de sus ojos escociéndole en la cara. Ella las recogió con las puntas de sus dedos, suaves. Los notó, notó como ella rozaba con su piel la suya y eso lo hizo llorar más aún. Entonces ella lo abrazó. Fue el abrazo más dulce que nadie le había dado, le causó un dolor insoportable y a la vez, un profundo descanso.

Cuando se separó de él, hacía ya algún tiempo que no respiraba. Aparecieron las enfermeras e intentaron reanimarlo, pero ya se había ido. Ella volvió a casa y preparó el baño, echó sales y encendió unas velas. Se quitó la ropa y se miró desnuda ante el espejo. Aún llevaba algo de su piel pegado en su cuello.






10 mar. 2009

Cuento en tres partes, 2º



Fernando


"Andante"



Sudaba, sudaba mucho, pero no podía parar, aún no llevaba ni cinco kilómetros. Sentía el golpeteo de sus pies contra el asfalto en la carrera, atravesando su cuerpo de gigante hasta llegar a sus pulmones, acompasándose con su respiración. En sus oídos una sonata de Grieg.


Hacía ya más de diez años que cada noche salía a correr por la ciudad, no requería carnet de socio y podía hacerlo cuando quisiera o cuando pudiera. Por norma, dejaba de pensar en el trabajo cuando lo hacía. Se concentraba en ganar su batalla particular en cada zancada, en cada escalón que subía o bajaba, en cada nueva esquina que doblaba en dirección a otra que alcanzar. Dejaba atrás una calle tras otra, entrando en el parque paralelo a la carretera, trazando la curva para perderse cuesta abajo, sintiendo entonces temblar las piernas, aguantando todo su peso apoyado en los talones y forzando las rodillas a soportar el descenso. Así era como su cuerpo se mantenía atlético. Lejos quedaba aquel niño que creció obeso casi desde el primer año de vida.






Había dejado los informes encima de la mesa del despacho, en casa. Casi estaban listos, aunque la última entrevista aún le daba vueltas en la cabeza junto con los temblores de las piernas. Dudaba. Era la primera vez que le pasaba. Jamás había tenido problema alguno para elegir entre los candidatos. Sin embargo, esta vez dudaba. Sabía en su fuero interno que esa chica no podría hacerse cargo de lo que suponía ese puesto y aún así, él se resistía a dejarla fuera definitivamente. Pasó al lado de una fuente en una placeta y de un salto, entró dentro de ella, atravesándola en dirección a la salida occidental del parque. El agua lo había salpicado en las pantorrillas y el pantalón, empapando las zapatillas, que emitían un peculiar sonido al chocar la suela contra la tierra seca del camino. El polvo se adhirió a sus calcetines contagiándolos de un color marronoso. Se paró. Arrancó de sus oídos a Grieg y dio media vuelta hacia la fuente a paso resuelto, arrojando el mp3 definitivamente al suelo. Esta vez se sentó en el agua. Pero estaba cansado y acalorado, así que acabó por estirarse con los brazos en cruz. Repasó mentalmente la lista que había hecho de los aspirantes más idóneos, un total de siete, ella incluida. La había añadido en último lugar con una marca en forma de equis triple al lado.


Un hombre pasó paseando a su perro, ambos se asustaron al ver la imponente figura emergiendo del agua. El schnauzer miniatura negro empezó a ladrar y el amo tiró de la correa, intentando alejarse de semejante tarado. Él intentó sacudirse toda el agua que pudo y recogió su mp3 volviendo a la carrera. Al rebasar al hombre le dejó un “lo siento, perdón por el susto” suspendido en el aire húmedo de su rebufo.


Correr sabiéndose seguro de haber tomado la decisión correcta, le permitió concentrarse de nuevo en las zancadas y los latidos de su corazón. La mujer de anteayer por la mañana era la idónea, fuerte y con experiencia. En cuanto llegara a casa prepararía el contrato y las anotaciones para Elisa, su secretaria. Por suerte sería ella la que haría las llamadas de agradecimiento a los no elegidos, esa que en realidad dice: “no nos sirves, hazte a la idea”. Lo sentía por la chica de ese medio día, quizá fuera mejor llamarla él mismo. Se lo debía a Marcos. Fernando y él se conocieron al empezar los dos juntos en el hospital, él en recursos y Marcos en dermatología. Él le pidió que, por favor, la entrevistara. Seguro que lo entendería, ella no tenía experiencia y no parecía muy fuerte, excelentes notas, eso sí, pero no bastaban. Tal vez pensara que existía algún tipo de prejuicio, pero no era así, él sabía perfectamente lo que es ser rechazado por una imagen, sufriéndolo desde la infancia por ser un niño obeso y más tarde un adolescente gigante. Tardó años en ser mirado de una forma “normal” por los demás y más demostrarse a si mismo que una apariencia no lo es todo, dejando atrás los complejos. Aunque cada día luchara contra la báscula a base de obligarse a correr de 20 a 25 kilómetros.


Grieg sonaba por fin solo en su cabeza, ningún otro pensamiento estorbaba al piano y al cello. Sus rápidas pisadas se unían a la cadencia de la sonata y lo llevaban, por el arcén de la carretera que bordeaba el parque, de nuevo al laberinto de calles. Subió el volumen y aceleró la marcha, lo mismo que el camión cisterna. Este último frenó de golpe, un coche incauto efectuaba un adelantamiento sin señalizar y a toda pastilla. Fernando lo hizo suavemente para tomar la curva del final del parque. El camión no pudo evitar perder el control de la carga, y él no pudo evitar ser alcanzado por esta en su violenta expansión por la carretera.


No podía ser peor final para tan largo día. Le esperaban horas de intentar sobrevivir al dolor que le causaba cada poro de su piel al contacto con el líquido elemento.


5 mar. 2009

Cuento en tres partes, 1ª



Blanca

"Allegro de sonata"


Blanca era pequeña. Nació así. Después de un embarazo complicado y un parto prematuro. Con sus pequeños pulmones aún por desplegar, se agarró a la vida dejando la piel en el esfuerzo. La primera vez que dejaron a su madre tomarla en brazos no se quejó, apenas soltó un pequeño gemido, a pesar de que tal gesto, de naturaleza cálida, afectivo y necesitado, absolutamente habitual entre cualquier otra madre e hija, le causara la primera reacción alérgica cutánea de su vida.





Ese día Blanca se había calzado su par de sandalias de tacón alto. El más alto que tenía. Se miró en el espejo enorme de la habitación completamente desnuda, a excepción de las sandalias, y se vio guapa. Con sus veinte y muchos años y cuarenta y pocos kilos, su cuerpo se veía bien proporcionado y de silueta dulce y grácil, a pesar de la delgadez extrema. Su fina capa de piel brillaba transparente, excesivamente hidratada. Olía bien. Y era debido al baño que se había concedido como premio. Media hora sumergida en agua y aceites esenciales, sanando al cuerpo y alimentando al espíritu. Después de salir del agua y secarse con una fina tela de algodón egipcio muy peinado y de áureo color, siguió el ritual tantas veces repetido a lo largo de su vida. Escogió el tarro redondo de cristal rosa, de entre otros guardados, casi expuestos, en una vitrina del cuarto de baño. Extendió la crema perfumada dulcemente por toda su piel, con sumo mimo y sin dejar ni un solo milímetro de ella carente del suave contacto fresco y delicado de la pomada.

Seguía mirándose. Lo hizo aún durante unos minutos más, concediéndose ese contento, reservado excepcionalmente para las grandes ocasiones, un día entre semana. Luego se vistió y salió a la calle subida en sus sandalias de tacón alto.


Caminaba segura hacia la entrevista. Hoy no tendría que darse prisa para comer. Ni tendría que llegar pronto al hospital para las curas. Le habían dado el alta definitiva ayer mismo.


Entró en el despacho enfundada en una blusa nívea, de manga larga, que perdía sus bajos dentro del cinturón de piel clara que le ajustaba suavemente el pantalón blanco a su cadera. El hombre le señaló una silla frente a la mesa para que tomara asiento, desde la cual él podía observarla mientras paseaba arriba y abajo de la estancia, alrededor de ella y de la mesa. Le hizo muchas preguntas a las que ella respondió con soltura y aplomo, pero sin urgencias, tomándose su tiempo para preguntar ella también. En uno de los paseos él se detuvo a su espalda, lo sentía escudriñarla, curioso e intrigado. Él miraba la suave seda del pañuelo blanco con pequeñas flores crema, envolviendo su esbelto cuello. Y se quedó fijado al nudo, como los picos del mismo pañuelo, a un lado, bajo la oreja. Una oreja desprovista de agujeros y pendientes. Pensó que olía muy bien, aunque no pudo identificar su perfume. No se parecía al de ninguna otra de las mujeres a las que había entrevistado esa mañana, ni a las de anteriores mañanas.


Salió contenta. Él le había estrechado la mano al despedirse y le hizo la pregunta. Creía que se iba a librar de ella, pero no fue así. No importaba, estaba preparada. Y salió indemne, victoriosa. Su sonrisa la delataba al caminar a paso ligero por la acera en dirección al parque, recordando esos últimos minutos.




- … recibirá una llamada, sea cual sea nuestra decisión. Bueno, mi decisión. Nadie va a poner en duda mi valoración, si no, no me pagarían un sueldo.- Dudó unos instantes, la mirada en su mano. - ¿Puedo preguntarle… qué le pasó? ¿Se las quemó?

- No.

Ella la dejó caer, apuntando con las puntas de los dedos a sus pies, que esperaban la señal, perfectamente colocados y dispuestos a ser examinados. Sus ojos los siguieron. Era inevitable, todos lo hacen. Él ya los había estado contemplando antes, en el ligero, casi imperceptible, balanceo a los que ella los tuvo sometidos durante todo el tiempo que duró la entrevista. Le habían parecido entonces unos pies bellísimos y ahora lo dejaron absolutamente rendido ante su perfección.

- Le aseguro que mis manos son tan suaves como las suyas…

Y se la tendió de nuevo, para ser estrechada, puesta a prueba, otra vez. Ella apretó con firmeza en un principio y se deshizo del saludo con un gesto tan tibio que él se estremeció.

- … incluso más. Esperaré impaciente esa llamada. Buenas tardes.


Se alejó de las muchas personas que paseaban a aquellas horas, las primeras y más calurosas de la tarde, buscando sombras donde guarecerse del sol de verano y tomarse un helado. Se sentó en un banco y bebió agua fresca mientras pensaba que hoy, era su día perfecto. Sí. Un día perfecto.



1 mar. 2009



5

Llevaba más de cuatro horas sentado en la butaca y los isquiones empezaban a clavarse como afilados alfileres en las carnes de sus nalgas. Aún no había comido, pero había repasado el lobo estepario del derecho y del revés sin llegar a ninguna parte. Se levantó sin ganas, cansado de removerse sin encontrar una posición favorable para la concentración que necesitaba, y entró en la cocina. Su mente aún vagaba entre Marta y el tipo de la funeraria cuando sacó del bolsillo el posavasos, dejándolo en la encimera. De la nevera sacó una cerveza y un trozo de queso que su tía, ya muy mayor pero no por eso menos ágil y vivaracha que cuando él la visitaba de pequeño, le había traído de las vacaciones en el pueblo. Luego buscó el pan en el cajón, dentro de su bolsa y al girar, sus ojos pasaron rozando el posavasos, amalgamando colores, mezclando y separando, uniendo estos con los de las losetas que cubrían su encimera. Ahí, de pie, él; y enfrente de él, esa esfera de papel grueso, impresa con el nombre del local de copas. Había algo que lo atraía de una manera especial en ese posavasos y no sabía con exactitud que era. Sacudió la cabeza, como queriendo desprenderse de algo que se hubiera quedado pegado en la oreja…
Miró la puerta del cuartucho donde guardaba sus intentos fallidos de convertirse en un pintor único y sorprendente, pero que solo lo hacían parecer raro y extravagante a los ojos de sus amistades. Tal vez fuese por el recuerdo de los colores del posavasos o quizás el fuerte olor a trementina que salía del cuarto lo que le hizo relacionar, el caso es que se encontró revolviendo la habitación en menos de dos segundos. Después de una busca frenética y desordenada por toda la estancia y apunto de abandonar, se le ocurrió un último lugar: el caótico armario de las pinturas. Tuvo suerte, allí estaba el cuadro que buscaba.
Girasoles, vivos aún, amarillos Van gogh, naranjas fuertes, arcilla, verde mortecino… Girasoles todavía llenos de luz, después de tantos veranos. Y le asaltó la sospecha de que había una extraña relación entre esa pintura, el libro y la chica; y la clave partía del posavasos y sus colores.
Colgó en la pared del comedor el cuadro para poder contemplarlo con detenimiento. Llamaba tanto la atención que incluso el gato había dejado de comer. Bueno, o eso, o al gato le gustaba colocarse con trementina. En cuanto lo veía entrar en el cuarto, salía de allí donde estuviera, aún si dormitaba, y se colocaba cerca de él, enredando entre los pinceles y espátulas, relamiendo las paletas y los tarros de pigmentos, un día se iba a envenenar, pero él dale, seguía a pesar de que Gerard se hartaba de darle en el morro con los pinceles para apartarlo de allí… “quiiiita… no te comas eso… condenado gato, seguro que le das a la trementina en cuanto salgo por la puerta y después escondes el bote..." Ya lo tenía allí, acurrucado en sus rodillas mientras él se miraba el cuadro sentado en una silla al otro extremo del comedor.
- ¿Qué te parece? Dame una crítica constructiva, eh? Que de la última aún ando recuperándome, además, este hace mucho que lo pinté.
El gato saltó de sus rodillas para pasearse de forma insolente y altanera delante de la mesa, entre ellos y la pared con el cuadro. Luego saltó nuevamente, esta vez encima de la mesa haciendo caer una agenda de entre el montón de cosas que había sobre ella. Anteayer había sacado todo tipo de objetos del fondo de un armario y los esparció sobre la mesa, primero aleatoriamente, tal cual salieron de su “escondite”, y luego los fue “desordenando” de una manera azarosa y deliberada.
- Sí, sí, ya sé, tengo que recoger todo eso, pero estoy preparando una f… un momento, esto es… joder! No creí que la conservara todavía.
Gerard había recogido la agenda del suelo, que al caer se abrió por la letra “S”. La libretita tenía la friolera de 20 años, fue su primera lista negra. En ella había ido apuntando con precisas anotaciones y en letras minúsculas, toda aquella persona de su entorno que significaba algo, en negativo o positivo, para él a sus quince años. Sus direcciones, números de teléfono, padres y hermanos, estudios, color de pelo y ojos, estatura y peso aproximado, gustos musicales, preferencias alimenticias, películas preferidas, manías, dejes y tics, en fin, todo tipo de información que pudiera serle de utilidad en alguna ocasión, nunca se sabe. Leyó el primer nombre de la página por la que se había abierto al caer. Sara. También era casualidad. La cerró de inmediato.
- Ahora no puedo pensar también en ella, ya tengo demasiados peones en el tablero. Lo siento Sara. Y tú, sí tú, no vuelvas a hacer eso, me has echado a perder toda una tarde de trabajo… no, dos.
Suspiró. No encontraba el método. Estaba muy disperso. Pero, ¿cómo lo hacía? ¿Cómo aislarse del mundo para pensar? Aunque, pensándolo mejor, el aislarse tampoco resultaba una manera fructuosa de obtener algo concreto. Eso no lo iba a hacer más inteligente, ni le iba a aclarar las cosas, por lo menos no lo había hecho estos últimos años. Sonó el timbre, lo que lo devolvió a un estado de consciencia un poco más real del que en realidad estaba hacía nada. Pensó en que tal vez ya fuera la hora en la que había quedado con Martín y los demás para cenar, se asomó a la cocina y miró el reloj colgado de la pared. Las seis. Imposible que fueran ellos, nunca llegaban puntuales, así que mucho menos dos horas antes. Se dirigió a la entrada con la intención de echar al testigo de Jehová o al mormón de turno con el sermón a otra parte, pero se quedó de piedra al abrir la puerta.
-Hola. Traigo este paquete urgente a entregar en mano a Gerard Grenet Ferreras, ¿es usted? Firme aquí, por favor.
Una chica rubia con coleta y uniforme de una conocida empresa de paquetería, lucía una espléndida sonrisa delante de sus narices. Era guapa, francamente, y su cara le resultaba extrañamente familiar. Le alargó un sobre y encima el papel donde firmar con una mano, con la otra le dio un bolígrafo. Como él la miraba perplejo, ella le preguntó si él era él o era otra persona, en cuyo caso, no podría entregarle el sobre.
- Usted es… es…
- ¿No lo es? Porque entonces no puedo entregarle el envío…
- Sí, sí, sí, soy yo, soy yo, es que es usted igual a…
- Ya. ¿Me firma por favor? Tengo otras entregas que hacer.
Él firmó con urgencia para no diferir en su trabajo, pero también quería retenerla, no sabía muy bien el porqué. La chica se lo había quitado de encima cuando él le dijo que le recordaba a alguien, y en parte la comprendía, ¿cuantos tipos solitarios debían hacerle esa misma confesión tan solo para cruzar unas palabras con una chica guapa e intentar relacionarse con alguien que no fuera su gato? Pero él era distinto, el atractivo de una mujer nunca había supuesto motivo de interés para él, bueno, no siempre. Aún así, tenía la certeza que debía retenerla, tal vez si le decía que él no era Gerard… Ella miraba su mano trazar la firma, pero enseguida bajó la vista a sus pies.
- Se va a escapar… hola minino.
Y se agachó a rascarle la barbilla al gato, este cerró los ojos y subió el mentón, facilitando la tarea a la chica. Él se quedó ahí, mirando como su gato había conseguido lo que él pretendía y en menos tiempo del que él necesitaba para firmar un resguardo. Había veces en que hubiera deseado cambiarse por él. Otras se preguntaba si su gato tenía poderes, porque parecía anticiparse a sus deseos y conseguirlos con simplicidad, ¿pudiera ser que un gato leyera la mente humana? Tal vez fueran más inteligentes que nosotros, de hecho para los egipcios eran animales sagrados… La chica dejó al gato extasiado a sus pies mientras él pensaba todas esas tonterías y volvió a esperar que le fuera devuelto el resguardo ya firmado.
- Que simpático, ¿ha acabado?
- Emmm… sí claro, perdón.
- Gracias. Que pase un buen día, adiós.
Y la chica voló escalera abajo. Así, sin más. Que gilipollas era. Arrancó al fin y salió tras ella, pero solo vio la coleta rubia que rebotaba con sus saltitos al bajar los escalones y se desvanecía con un destello dorado por el último tramo de escalera. Formuló una pregunta a la estela luminosa que ella dejaba, por si conseguía captar su atención mientras intentaba alcanzarla.
- ¿Puedo saber si nos hemos visto antes? ¿La conozco? ¡Espere por favor! ¿Suele ir al…?
Ya estaba en la calle y ella había desaparecido entre la gente que caminaba por la acera. Pero, ¿qué puñetas hacía toda esa gente allí? ¡Si solo eran las seis de la tarde! ¿Por qué coño no estaba en sus casas haciéndose una merienda? Vio una furgoneta con el nombre de la empresa de paquetería en la puerta lateral, echó a andar apresuradamente hacia ella. Pero no llegó hasta su objetivo. Ana le salió al paso.
- Gerard, hola. ¿Dónde vas tan a prisa?
- No puedo parar, luego te cuento.
Pero Ana lo cogió por el brazo y lo detuvo.
- ¿Cómo que no puedes parar? No te habrás olvidado de la cena, ¿verdad? Vine expresamente para ayudarte a recoger, porque seguro que tienes la casa patas arriba y recuerda que viene Marta. No querrás que vea que te las apañas fatal sin ella.
Muerto. Lo había dejado seco de un solo tiro. Ana era así, directa y certera. Hubiera querido estrangularla por hacerle perder la pista a la chica, pero no podía enfadarse con ella por que venía a echarle una mano, como siempre.
- Ana, que inoportuna eres coño.
- Jódete. ¿Subimos o qué?

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