1 mar. 2009



5

Llevaba más de cuatro horas sentado en la butaca y los isquiones empezaban a clavarse como afilados alfileres en las carnes de sus nalgas. Aún no había comido, pero había repasado el lobo estepario del derecho y del revés sin llegar a ninguna parte. Se levantó sin ganas, cansado de removerse sin encontrar una posición favorable para la concentración que necesitaba, y entró en la cocina. Su mente aún vagaba entre Marta y el tipo de la funeraria cuando sacó del bolsillo el posavasos, dejándolo en la encimera. De la nevera sacó una cerveza y un trozo de queso que su tía, ya muy mayor pero no por eso menos ágil y vivaracha que cuando él la visitaba de pequeño, le había traído de las vacaciones en el pueblo. Luego buscó el pan en el cajón, dentro de su bolsa y al girar, sus ojos pasaron rozando el posavasos, amalgamando colores, mezclando y separando, uniendo estos con los de las losetas que cubrían su encimera. Ahí, de pie, él; y enfrente de él, esa esfera de papel grueso, impresa con el nombre del local de copas. Había algo que lo atraía de una manera especial en ese posavasos y no sabía con exactitud que era. Sacudió la cabeza, como queriendo desprenderse de algo que se hubiera quedado pegado en la oreja…
Miró la puerta del cuartucho donde guardaba sus intentos fallidos de convertirse en un pintor único y sorprendente, pero que solo lo hacían parecer raro y extravagante a los ojos de sus amistades. Tal vez fuese por el recuerdo de los colores del posavasos o quizás el fuerte olor a trementina que salía del cuarto lo que le hizo relacionar, el caso es que se encontró revolviendo la habitación en menos de dos segundos. Después de una busca frenética y desordenada por toda la estancia y apunto de abandonar, se le ocurrió un último lugar: el caótico armario de las pinturas. Tuvo suerte, allí estaba el cuadro que buscaba.
Girasoles, vivos aún, amarillos Van gogh, naranjas fuertes, arcilla, verde mortecino… Girasoles todavía llenos de luz, después de tantos veranos. Y le asaltó la sospecha de que había una extraña relación entre esa pintura, el libro y la chica; y la clave partía del posavasos y sus colores.
Colgó en la pared del comedor el cuadro para poder contemplarlo con detenimiento. Llamaba tanto la atención que incluso el gato había dejado de comer. Bueno, o eso, o al gato le gustaba colocarse con trementina. En cuanto lo veía entrar en el cuarto, salía de allí donde estuviera, aún si dormitaba, y se colocaba cerca de él, enredando entre los pinceles y espátulas, relamiendo las paletas y los tarros de pigmentos, un día se iba a envenenar, pero él dale, seguía a pesar de que Gerard se hartaba de darle en el morro con los pinceles para apartarlo de allí… “quiiiita… no te comas eso… condenado gato, seguro que le das a la trementina en cuanto salgo por la puerta y después escondes el bote..." Ya lo tenía allí, acurrucado en sus rodillas mientras él se miraba el cuadro sentado en una silla al otro extremo del comedor.
- ¿Qué te parece? Dame una crítica constructiva, eh? Que de la última aún ando recuperándome, además, este hace mucho que lo pinté.
El gato saltó de sus rodillas para pasearse de forma insolente y altanera delante de la mesa, entre ellos y la pared con el cuadro. Luego saltó nuevamente, esta vez encima de la mesa haciendo caer una agenda de entre el montón de cosas que había sobre ella. Anteayer había sacado todo tipo de objetos del fondo de un armario y los esparció sobre la mesa, primero aleatoriamente, tal cual salieron de su “escondite”, y luego los fue “desordenando” de una manera azarosa y deliberada.
- Sí, sí, ya sé, tengo que recoger todo eso, pero estoy preparando una f… un momento, esto es… joder! No creí que la conservara todavía.
Gerard había recogido la agenda del suelo, que al caer se abrió por la letra “S”. La libretita tenía la friolera de 20 años, fue su primera lista negra. En ella había ido apuntando con precisas anotaciones y en letras minúsculas, toda aquella persona de su entorno que significaba algo, en negativo o positivo, para él a sus quince años. Sus direcciones, números de teléfono, padres y hermanos, estudios, color de pelo y ojos, estatura y peso aproximado, gustos musicales, preferencias alimenticias, películas preferidas, manías, dejes y tics, en fin, todo tipo de información que pudiera serle de utilidad en alguna ocasión, nunca se sabe. Leyó el primer nombre de la página por la que se había abierto al caer. Sara. También era casualidad. La cerró de inmediato.
- Ahora no puedo pensar también en ella, ya tengo demasiados peones en el tablero. Lo siento Sara. Y tú, sí tú, no vuelvas a hacer eso, me has echado a perder toda una tarde de trabajo… no, dos.
Suspiró. No encontraba el método. Estaba muy disperso. Pero, ¿cómo lo hacía? ¿Cómo aislarse del mundo para pensar? Aunque, pensándolo mejor, el aislarse tampoco resultaba una manera fructuosa de obtener algo concreto. Eso no lo iba a hacer más inteligente, ni le iba a aclarar las cosas, por lo menos no lo había hecho estos últimos años. Sonó el timbre, lo que lo devolvió a un estado de consciencia un poco más real del que en realidad estaba hacía nada. Pensó en que tal vez ya fuera la hora en la que había quedado con Martín y los demás para cenar, se asomó a la cocina y miró el reloj colgado de la pared. Las seis. Imposible que fueran ellos, nunca llegaban puntuales, así que mucho menos dos horas antes. Se dirigió a la entrada con la intención de echar al testigo de Jehová o al mormón de turno con el sermón a otra parte, pero se quedó de piedra al abrir la puerta.
-Hola. Traigo este paquete urgente a entregar en mano a Gerard Grenet Ferreras, ¿es usted? Firme aquí, por favor.
Una chica rubia con coleta y uniforme de una conocida empresa de paquetería, lucía una espléndida sonrisa delante de sus narices. Era guapa, francamente, y su cara le resultaba extrañamente familiar. Le alargó un sobre y encima el papel donde firmar con una mano, con la otra le dio un bolígrafo. Como él la miraba perplejo, ella le preguntó si él era él o era otra persona, en cuyo caso, no podría entregarle el sobre.
- Usted es… es…
- ¿No lo es? Porque entonces no puedo entregarle el envío…
- Sí, sí, sí, soy yo, soy yo, es que es usted igual a…
- Ya. ¿Me firma por favor? Tengo otras entregas que hacer.
Él firmó con urgencia para no diferir en su trabajo, pero también quería retenerla, no sabía muy bien el porqué. La chica se lo había quitado de encima cuando él le dijo que le recordaba a alguien, y en parte la comprendía, ¿cuantos tipos solitarios debían hacerle esa misma confesión tan solo para cruzar unas palabras con una chica guapa e intentar relacionarse con alguien que no fuera su gato? Pero él era distinto, el atractivo de una mujer nunca había supuesto motivo de interés para él, bueno, no siempre. Aún así, tenía la certeza que debía retenerla, tal vez si le decía que él no era Gerard… Ella miraba su mano trazar la firma, pero enseguida bajó la vista a sus pies.
- Se va a escapar… hola minino.
Y se agachó a rascarle la barbilla al gato, este cerró los ojos y subió el mentón, facilitando la tarea a la chica. Él se quedó ahí, mirando como su gato había conseguido lo que él pretendía y en menos tiempo del que él necesitaba para firmar un resguardo. Había veces en que hubiera deseado cambiarse por él. Otras se preguntaba si su gato tenía poderes, porque parecía anticiparse a sus deseos y conseguirlos con simplicidad, ¿pudiera ser que un gato leyera la mente humana? Tal vez fueran más inteligentes que nosotros, de hecho para los egipcios eran animales sagrados… La chica dejó al gato extasiado a sus pies mientras él pensaba todas esas tonterías y volvió a esperar que le fuera devuelto el resguardo ya firmado.
- Que simpático, ¿ha acabado?
- Emmm… sí claro, perdón.
- Gracias. Que pase un buen día, adiós.
Y la chica voló escalera abajo. Así, sin más. Que gilipollas era. Arrancó al fin y salió tras ella, pero solo vio la coleta rubia que rebotaba con sus saltitos al bajar los escalones y se desvanecía con un destello dorado por el último tramo de escalera. Formuló una pregunta a la estela luminosa que ella dejaba, por si conseguía captar su atención mientras intentaba alcanzarla.
- ¿Puedo saber si nos hemos visto antes? ¿La conozco? ¡Espere por favor! ¿Suele ir al…?
Ya estaba en la calle y ella había desaparecido entre la gente que caminaba por la acera. Pero, ¿qué puñetas hacía toda esa gente allí? ¡Si solo eran las seis de la tarde! ¿Por qué coño no estaba en sus casas haciéndose una merienda? Vio una furgoneta con el nombre de la empresa de paquetería en la puerta lateral, echó a andar apresuradamente hacia ella. Pero no llegó hasta su objetivo. Ana le salió al paso.
- Gerard, hola. ¿Dónde vas tan a prisa?
- No puedo parar, luego te cuento.
Pero Ana lo cogió por el brazo y lo detuvo.
- ¿Cómo que no puedes parar? No te habrás olvidado de la cena, ¿verdad? Vine expresamente para ayudarte a recoger, porque seguro que tienes la casa patas arriba y recuerda que viene Marta. No querrás que vea que te las apañas fatal sin ella.
Muerto. Lo había dejado seco de un solo tiro. Ana era así, directa y certera. Hubiera querido estrangularla por hacerle perder la pista a la chica, pero no podía enfadarse con ella por que venía a echarle una mano, como siempre.
- Ana, que inoportuna eres coño.
- Jódete. ¿Subimos o qué?

.

Publicar un comentario