5 mar. 2009

Cuento en tres partes, 1ª



Blanca

"Allegro de sonata"


Blanca era pequeña. Nació así. Después de un embarazo complicado y un parto prematuro. Con sus pequeños pulmones aún por desplegar, se agarró a la vida dejando la piel en el esfuerzo. La primera vez que dejaron a su madre tomarla en brazos no se quejó, apenas soltó un pequeño gemido, a pesar de que tal gesto, de naturaleza cálida, afectivo y necesitado, absolutamente habitual entre cualquier otra madre e hija, le causara la primera reacción alérgica cutánea de su vida.





Ese día Blanca se había calzado su par de sandalias de tacón alto. El más alto que tenía. Se miró en el espejo enorme de la habitación completamente desnuda, a excepción de las sandalias, y se vio guapa. Con sus veinte y muchos años y cuarenta y pocos kilos, su cuerpo se veía bien proporcionado y de silueta dulce y grácil, a pesar de la delgadez extrema. Su fina capa de piel brillaba transparente, excesivamente hidratada. Olía bien. Y era debido al baño que se había concedido como premio. Media hora sumergida en agua y aceites esenciales, sanando al cuerpo y alimentando al espíritu. Después de salir del agua y secarse con una fina tela de algodón egipcio muy peinado y de áureo color, siguió el ritual tantas veces repetido a lo largo de su vida. Escogió el tarro redondo de cristal rosa, de entre otros guardados, casi expuestos, en una vitrina del cuarto de baño. Extendió la crema perfumada dulcemente por toda su piel, con sumo mimo y sin dejar ni un solo milímetro de ella carente del suave contacto fresco y delicado de la pomada.

Seguía mirándose. Lo hizo aún durante unos minutos más, concediéndose ese contento, reservado excepcionalmente para las grandes ocasiones, un día entre semana. Luego se vistió y salió a la calle subida en sus sandalias de tacón alto.


Caminaba segura hacia la entrevista. Hoy no tendría que darse prisa para comer. Ni tendría que llegar pronto al hospital para las curas. Le habían dado el alta definitiva ayer mismo.


Entró en el despacho enfundada en una blusa nívea, de manga larga, que perdía sus bajos dentro del cinturón de piel clara que le ajustaba suavemente el pantalón blanco a su cadera. El hombre le señaló una silla frente a la mesa para que tomara asiento, desde la cual él podía observarla mientras paseaba arriba y abajo de la estancia, alrededor de ella y de la mesa. Le hizo muchas preguntas a las que ella respondió con soltura y aplomo, pero sin urgencias, tomándose su tiempo para preguntar ella también. En uno de los paseos él se detuvo a su espalda, lo sentía escudriñarla, curioso e intrigado. Él miraba la suave seda del pañuelo blanco con pequeñas flores crema, envolviendo su esbelto cuello. Y se quedó fijado al nudo, como los picos del mismo pañuelo, a un lado, bajo la oreja. Una oreja desprovista de agujeros y pendientes. Pensó que olía muy bien, aunque no pudo identificar su perfume. No se parecía al de ninguna otra de las mujeres a las que había entrevistado esa mañana, ni a las de anteriores mañanas.


Salió contenta. Él le había estrechado la mano al despedirse y le hizo la pregunta. Creía que se iba a librar de ella, pero no fue así. No importaba, estaba preparada. Y salió indemne, victoriosa. Su sonrisa la delataba al caminar a paso ligero por la acera en dirección al parque, recordando esos últimos minutos.




- … recibirá una llamada, sea cual sea nuestra decisión. Bueno, mi decisión. Nadie va a poner en duda mi valoración, si no, no me pagarían un sueldo.- Dudó unos instantes, la mirada en su mano. - ¿Puedo preguntarle… qué le pasó? ¿Se las quemó?

- No.

Ella la dejó caer, apuntando con las puntas de los dedos a sus pies, que esperaban la señal, perfectamente colocados y dispuestos a ser examinados. Sus ojos los siguieron. Era inevitable, todos lo hacen. Él ya los había estado contemplando antes, en el ligero, casi imperceptible, balanceo a los que ella los tuvo sometidos durante todo el tiempo que duró la entrevista. Le habían parecido entonces unos pies bellísimos y ahora lo dejaron absolutamente rendido ante su perfección.

- Le aseguro que mis manos son tan suaves como las suyas…

Y se la tendió de nuevo, para ser estrechada, puesta a prueba, otra vez. Ella apretó con firmeza en un principio y se deshizo del saludo con un gesto tan tibio que él se estremeció.

- … incluso más. Esperaré impaciente esa llamada. Buenas tardes.


Se alejó de las muchas personas que paseaban a aquellas horas, las primeras y más calurosas de la tarde, buscando sombras donde guarecerse del sol de verano y tomarse un helado. Se sentó en un banco y bebió agua fresca mientras pensaba que hoy, era su día perfecto. Sí. Un día perfecto.



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