10 mar. 2009

Cuento en tres partes, 2º



Fernando


"Andante"



Sudaba, sudaba mucho, pero no podía parar, aún no llevaba ni cinco kilómetros. Sentía el golpeteo de sus pies contra el asfalto en la carrera, atravesando su cuerpo de gigante hasta llegar a sus pulmones, acompasándose con su respiración. En sus oídos una sonata de Grieg.


Hacía ya más de diez años que cada noche salía a correr por la ciudad, no requería carnet de socio y podía hacerlo cuando quisiera o cuando pudiera. Por norma, dejaba de pensar en el trabajo cuando lo hacía. Se concentraba en ganar su batalla particular en cada zancada, en cada escalón que subía o bajaba, en cada nueva esquina que doblaba en dirección a otra que alcanzar. Dejaba atrás una calle tras otra, entrando en el parque paralelo a la carretera, trazando la curva para perderse cuesta abajo, sintiendo entonces temblar las piernas, aguantando todo su peso apoyado en los talones y forzando las rodillas a soportar el descenso. Así era como su cuerpo se mantenía atlético. Lejos quedaba aquel niño que creció obeso casi desde el primer año de vida.






Había dejado los informes encima de la mesa del despacho, en casa. Casi estaban listos, aunque la última entrevista aún le daba vueltas en la cabeza junto con los temblores de las piernas. Dudaba. Era la primera vez que le pasaba. Jamás había tenido problema alguno para elegir entre los candidatos. Sin embargo, esta vez dudaba. Sabía en su fuero interno que esa chica no podría hacerse cargo de lo que suponía ese puesto y aún así, él se resistía a dejarla fuera definitivamente. Pasó al lado de una fuente en una placeta y de un salto, entró dentro de ella, atravesándola en dirección a la salida occidental del parque. El agua lo había salpicado en las pantorrillas y el pantalón, empapando las zapatillas, que emitían un peculiar sonido al chocar la suela contra la tierra seca del camino. El polvo se adhirió a sus calcetines contagiándolos de un color marronoso. Se paró. Arrancó de sus oídos a Grieg y dio media vuelta hacia la fuente a paso resuelto, arrojando el mp3 definitivamente al suelo. Esta vez se sentó en el agua. Pero estaba cansado y acalorado, así que acabó por estirarse con los brazos en cruz. Repasó mentalmente la lista que había hecho de los aspirantes más idóneos, un total de siete, ella incluida. La había añadido en último lugar con una marca en forma de equis triple al lado.


Un hombre pasó paseando a su perro, ambos se asustaron al ver la imponente figura emergiendo del agua. El schnauzer miniatura negro empezó a ladrar y el amo tiró de la correa, intentando alejarse de semejante tarado. Él intentó sacudirse toda el agua que pudo y recogió su mp3 volviendo a la carrera. Al rebasar al hombre le dejó un “lo siento, perdón por el susto” suspendido en el aire húmedo de su rebufo.


Correr sabiéndose seguro de haber tomado la decisión correcta, le permitió concentrarse de nuevo en las zancadas y los latidos de su corazón. La mujer de anteayer por la mañana era la idónea, fuerte y con experiencia. En cuanto llegara a casa prepararía el contrato y las anotaciones para Elisa, su secretaria. Por suerte sería ella la que haría las llamadas de agradecimiento a los no elegidos, esa que en realidad dice: “no nos sirves, hazte a la idea”. Lo sentía por la chica de ese medio día, quizá fuera mejor llamarla él mismo. Se lo debía a Marcos. Fernando y él se conocieron al empezar los dos juntos en el hospital, él en recursos y Marcos en dermatología. Él le pidió que, por favor, la entrevistara. Seguro que lo entendería, ella no tenía experiencia y no parecía muy fuerte, excelentes notas, eso sí, pero no bastaban. Tal vez pensara que existía algún tipo de prejuicio, pero no era así, él sabía perfectamente lo que es ser rechazado por una imagen, sufriéndolo desde la infancia por ser un niño obeso y más tarde un adolescente gigante. Tardó años en ser mirado de una forma “normal” por los demás y más demostrarse a si mismo que una apariencia no lo es todo, dejando atrás los complejos. Aunque cada día luchara contra la báscula a base de obligarse a correr de 20 a 25 kilómetros.


Grieg sonaba por fin solo en su cabeza, ningún otro pensamiento estorbaba al piano y al cello. Sus rápidas pisadas se unían a la cadencia de la sonata y lo llevaban, por el arcén de la carretera que bordeaba el parque, de nuevo al laberinto de calles. Subió el volumen y aceleró la marcha, lo mismo que el camión cisterna. Este último frenó de golpe, un coche incauto efectuaba un adelantamiento sin señalizar y a toda pastilla. Fernando lo hizo suavemente para tomar la curva del final del parque. El camión no pudo evitar perder el control de la carga, y él no pudo evitar ser alcanzado por esta en su violenta expansión por la carretera.


No podía ser peor final para tan largo día. Le esperaban horas de intentar sobrevivir al dolor que le causaba cada poro de su piel al contacto con el líquido elemento.


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