18 mar. 2009

Cuento en tres partes 3ª

La piel

"Escherzo"


Llegó pronto, siempre lo hacía. Desde el primer día. Nunca imaginó conseguir ese trabajo, por más contenta que saliera aquella tarde de la entrevista. Se cambió de ropa y fue a buscar la carpeta con los informes. Después de repasarlos y ver que no había ningún ingreso nuevo y recibir alguna instrucción particular para un caso concreto, inició su ruta. Empezaba por él. No por nada en especial, si no porque era el que más tiempo requería en sus curas.

Le costó mucho abrir los ojos. No podía moverse, por lo menos no sin morir de dolor en el intento. Vio una silueta difusa, a contraluz y a pesar de eso, blanca. Debía ser por la bata de hospital.

Primero quitaba todos los apósitos de un lado y limpiaba con cuidado todas las heridas supurantes. Había veces que él se removía en la cama. Por el dolor imaginaba. No lo hacía de forma brusca, lo cual aún la conmovía más. Aún estando sedado, debía ser doloroso. Cuando acababa de un lado, llamaba a alguien para voltearlo y repetir el mismo procedimiento en el otro. No podía hacerlo sola, pesaba demasiado.



Hoy había llegado hasta él un olor familiar, dulce, como a flores. Le costaba pensar, se volvió a dormir.

Nunca había visto un hombre tan grande hasta el día de la entrevista. La verdad era que no le había resultado nada esperanzador verlo esperándola en la puerta del despacho. A su lado, él parecía un gigante, con sus dos metros de altura y casi 100 kilos de peso. Cuando le estrechó la mano al salir, supo que no la llamarían. La había estado observando con curiosidad y sin esconderse de ello. Por lo menos eso, se lo agradeció. Aunque no entendió que no estuviera al corriente de su historial. Cuando, una semana más tarde, Marcos la llamó comunicándole su ingreso en plantilla, no salía de su asombro.

No sabía cuanto tiempo llevaba allí, pero ese día se le estaba haciendo largo. Aún no habían entrado a curarlo.

Cuando recordaba aquellos primeros días, el nerviosismo, el ajetreo de las prácticas, la adaptación a los compañeros, las miradas desconfiadas de la gente a la que tenía que curar y de cómo se impresionó cuando se enteró de quien era él, sentía frio. Muchas veces pensaba que quizá pasara más tiempo del debido curándole, total, no era más que otro paciente. Tal vez lo hacía para agradecerle el haberla elegido o porque él no podía poner reparo en que fuera ella la que lo curara.

Se había dado cuenta de que los días más largos eran fin de semana. Aunque no todos los fines de semana eran eternos, solo si ella no tenía guardia.


En esa habitación se sentía segura, era la inyección de confianza que necesitaba para superar el día de trabajo, siempre sujeta a las constantes miradas. No pensó que le costaría tanto pasar de ellas. Lo tenía todo controlado antes de empezar en el hospital. La gente y sus preguntas no le suponían ningún problema, al contrario, era un reto buscar una contestación original para cada uno. Pero allí todo era distinto. Allí era ella la que curaba. Y estaba herida. Salvo en aquella habitación.

Sus gritos no se oían, no sabía porqué, pero no podía articular palabra. Le hacía daño e intentó quejarse. Era inútil. Ella no tenía la culpa, pero sentía tanto dolor que le resultó imposible permanecer por más tiempo consciente.

La isla de su calma se esfumaba. Lo sabía y, aún así, ella seguía empeñada en que eso no pasara. Era como recordar su vida, desde el principio, una y otra vez, una y otra vez…

El otro día ella le habló. Parecía que lo hubiera hecho anteriormente, porque lo hacía con familiaridad, pero él no lo recordaba. Se acercó para hacerlo. Le dijo que no se preocupara, que lo haría despacio. Pobre. Intentaba no herirlo en todos los sentidos.

Se sentía triste. Ya no le gustaba entrar y verlo allí tendido. Era como ver su propia derrota. Pero no sabía como ayudarlo. Le había empezado a hablar más a menudo aunque todos le decían que no era bueno entablar una relación estrecha con un paciente en ese estado.

Volvió a acercarse mucho ayer por la mañana. Olía tan bien. No podía ver con claridad su cara, pero le sonreía cuando le hablaba. Él sabía que debía tener un aspecto horrible y que olía mal, tenía heridas por toda la superficie de su cuerpo que le supuraban constantemente, a pesar de las veces que ella venía a curarle.

Alguna vez pensó que hacía todo aquello como agradecimiento porque él la eligió a ella entre un montón de gente. Ella, pequeña y tapando cada milímetro de su piel para no ser juzgada por su aspecto. Desde esa mañana ya no lo hacía, llevaba el uniforme como todas las demás. Notó que la miraban, pero le daba igual. Entró en la habitación y empezó a hablarle. Hoy le amputarían una pierna.

Ese día ella se acercó de nuevo mucho. Le contó algo de una pierna, ¿tal vez suya?, él grito. Era extraño, porque se oyó la voz. No se parecía en nada a la que él se recordaba. Luego perdió el conocimiento.


Lo habían dejado sentado. Cuando entró temprano por la mañana se lo encontró así. Llamó al responsable pero no supieron darle explicación, nadie sabía con certeza las horas que llevaba sentado. El vendaje le supuraba por la parte superior y no olía nada bien. Ese día lo pasó intentando salvar la otra pierna. Esta vez lo haría a su manera. Salió a por sus pomadas.

Por fin le había visto la cara. Entre nieblas, pero la había reconocido, aunque no por la cara, si no por los pies. Sentado tenía otra perspectiva que en la cama. Le estuvo aplicando una espacie de aceite que olía muy bien, como ella. Por fin había dejado de heder. Esa noche recordó que él… no llegó a elegirla para el puesto. Menos mal que alguien sí lo hizo.

Por la mañana ya no estaba. Era el primero en quirófano. Cuando lo subieron aún dormía, pero ella volvió a curarle los brazos y el torso y todo lo que le restaba de piernas, con sus ungüentos.

Es curioso lo que uno piensa estando postrado en una cama, y sobre todo, en una cama de hospital. A veces, las enfermeras de la tarde, se dejaban la puerta entre abierta y él veía pasar a gente. Personas que visitaban a otras personas, que abrazaban, que besaban… es curioso lo que echas de menos en una cama de hospital.

No era su turno, acababa de irse apenas un par de horas antes. Subió por la escalera y entró en su habitación. Estaba solo, como suponía. Nadie entró a hacerle compañía. Ni siquiera la enfermera para ver si necesitaba algo. Excepto ella.

Lo necesitaba. Era ya una carencia que se le hacía insoportable, casi tanto como el saber que jamás volvería a ser el que era.

Llegó muy temprano, más de lo habitual. Se lo encontró llorando.

Estaba cansado. Muy cansado. Mucho más que cuando corría los 20 kilómetros por las tardes. Y no podía decírselo, porque no podía hablar.

Esa tarde había pedido que la ayudaran a sentarlo de nuevo, al lado de la ventana. Se quedó con él hasta tarde. Muy tarde.

Se sentó en el suelo, a sus pies… o donde deberían haber estado. Le contó su historia. La envidiaba, porque ella lo había superado. Volvió a tener ganas de llorar. También le confesó que lo que más echaba ella de menos cuando estaba mal, era el contacto con otra piel. En su caso era inútil, ya ni siquiera le dolía cuando lo curaba. No sentía nada. Ni dolor. Incluso eso echaba de menos.

Le había costado aceptarlo, casi más que si fuera alguien cercano a ella… tal vez lo fuera. Tal vez la piel los unió. Esa mañana fue dispuesta a hacerlo, pero llegó y ya no estaba. Sufrió una crisis por la noche y lo habían llevado a la U.C.I. Acabó su turno y bajó a verlo. Se quedó un momento mirando los tubos y cables que lo mantenían con vida. Se acercó y bajó la sedación, desconectó el respirador y esperó a que tomara conciencia. Como imaginó, nadie se acercó mientras ella estuvo allí. En el fondo, fue fácil.

Se despertó en otro lugar, pero ella estaba allí, mirándolo. Lo esperaba y él lo sabía. Las lágrimas escaparon de sus ojos escociéndole en la cara. Ella las recogió con las puntas de sus dedos, suaves. Los notó, notó como ella rozaba con su piel la suya y eso lo hizo llorar más aún. Entonces ella lo abrazó. Fue el abrazo más dulce que nadie le había dado, le causó un dolor insoportable y a la vez, un profundo descanso.

Cuando se separó de él, hacía ya algún tiempo que no respiraba. Aparecieron las enfermeras e intentaron reanimarlo, pero ya se había ido. Ella volvió a casa y preparó el baño, echó sales y encendió unas velas. Se quitó la ropa y se miró desnuda ante el espejo. Aún llevaba algo de su piel pegado en su cuello.






Publicar un comentario