29 abr. 2009

Fácil...?


"Amor, no sé lo que sentir. No sé si siento.

Tal vez no sabemos hablar del corazón con el corazón.
Tal vez por no saber lo que será mejor nos aproximamos.
“Y mi cuerpo ya no es tu cuerpo, ni el deseo se entrega a nosotros”.
He aquí lo que en verdad queremos decir.

Hablar por hablar… tal vez, no sé lo que será mejor.
Quizá deba despedirme de ti, adiós, así vuelvas a ser feliz.
Yo ya no sé lo que sentir, tu amor no sabe lo que sentir.
Si por hablar hablaste pensando que esa falacia era fácil de entender...

Tal vez sin saber hablar con el corazón te aproximaste…
Triste es ver las curvas del camino en un último adiós, sabe dios lo que quiero decir.
Te agradezco que cuidaras de mí, como me trataste… tus miradas, escuchar quien soy o lo que fui…
Y si al menos todo fuera igual… a ti.

Yo ya no sé lo que es sentir tu amor, ya no sé si sé lo que es sentir.

Hablamos por hablar pensando que así entendemos, olvidando esa falacia.
El amor que llega, al fin.
Un amor que llega al fin… a su fin. Un final así, así es más fácil de entender…"



Percibió el golpeteo de las llaves colgando del llavero en la madera, mientras la que abría daba vuelta en la cerradura. Nuno jamás escuchaba ese sonido. Solo oía la música a través de la puerta cada día al llegar de la oficina. Eso debió decirle algo. Solo que Nuno era de aquel tipo de hombres que prefería negarse lo evidente, incapaz de aceptar una realidad por tangible que esta fuera si con anterioridad no se la había planteado y desarrollado en su multitud de formas y contextos y examinando todas sus vertientes y argumentos.

Introdujo un cd en el lector y le dio al play. No había mucho tráfico, era temprano. Se dispuso a abandonarse al placer de escuchar mientras conducía. Hizo un repaso mental de lo que llevaba en la bolsa. Creía que no se olvidaba nada. En realidad, sabía que dejaba muchas cosas, pero no materiales. Empeños y sueños lo que más. Claro que las discusiones y decepciones no se quedaban cortas. Pero eso ahora daba igual. Ya daba igual. Además, estaba segura de haber metido en la bolsa de basura que le hacía de maleta el álbum de fotos, todo lo demás… le importaba una mierda.

Se sentó en la cocina. Pensó que tenía hambre, solo que quizá debería esperar a que ella llegara, seguro que no iba a tardar. Abrió la nevera y, a pesar del hambre, no le apeteció nada. Vio una lechuga y un par de tomates demasiado maduros, un pote de pepinillos a la mitad, queso y longaniza en un plato sin cubrir, un par de yogures azucarados y una botella de zumo de naranja. Una jarra de agua y un tetrabrik de leche casi acabado. Pan de molde. Mantequilla y solo la muestra de queso filadelfia, mermelada de frambuesa, una lata de olivas y otra de anchoas. No había nata líquida para cocinar. En un paquete de papel encerado encontró un par de filetes. Bueno, faltaba el vino a refrescar, así que sacó una bolsa de cubitos del congelador y la vació en la cubitera, metió otro cacharro dentro de ella e introdujo el vino en él. En poco tiempo estaría a la temperatura ideal, para entonces seguro que ella ya habría vuelto.

Se habían parado a comer en un bar de carretera, el aparcamiento estaba lleno de camiones pero encontró sitio para dejar el coche frente a los cristales del comedor. La comida no estuvo mal para lo que le había costado. María se entretuvo pintarrajeando sobre el mantel de papel un buen rato mientras ella tomaba su café y fumaba su pitillo. Había vuelto a fumar después de tres años, pero que bien sabía el humo quemando sus pulmones. Toda la tarde María viajó tranquila en su sillita, solo paró en una gasolinera para merendar un poco de fruta y estirar las piernas. En los columpios, María dijo que tenía sueño y quería su “ito”. Vale, ya la había cagado, no sabía donde lo había metido. Estaba segura de que viajaba con ellas, pero el lugar exacto… de eso se encargaba siempre él y hoy no estaba. Debería aprender a ser más organizada de ahora en adelante. Dio el biberón que había pedido que le llenaran con leche tibia en la cafetería a María y le ató el cinturón, rebuscó entre el desbarajuste que resultaba el maletero y encontró el “ito” de la niña. En cuanto lo abrazó se quedó dormida y ella continuó su viaje tranquilamente, muy, muy lentamente, hacia ninguna parte.

Era tarde. Por la tele no daban nada interesante. Miró el reloj por primera vez. Las once. María debía estar dormida donde fuera que su madre la tuviera, seguramente en cualquier cafetería o sala de exposiciones. Abrió de nuevo la nevera y se hizo un filete vuelta y vuelta, con el resto de filadelfia y un poco de leche preparó una salsa para poder mojar el pan de molde. El vino estaba excelente. Recogió la cocina, guardó todo en su sitio y la limpió. Luego se dio una ducha y entró en la habitación. Dio la luz. Corrió las cortinas y bajó las persianas y luego fue cerrando todos los cajones y las puertas de armarios. Salió al pasillo y entró en la habitación de la niña e hizo lo mismo que en la suya, cerró los cajones y las puertas y el baúl de los juguetes. Volvió a su habitación y entonces se dio cuenta de que aún no se había puesto el pijama, buscó bajo la almohada y encontró una nota.

"Me voy"




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