7 jul. 2009


Nunca llueve de mentira

- … que nunca llueve de mentira.
Y caminó hacia dentro de nuevo, decidida a cambiar el rumbo de su vida.


Carmen se levantó con sueño a las siete y cinco de la mañana después de haber parado el despertador tres veces, hasta que al final este cayó de la mesilla de noche, harto- suponemos, si el despertador tuviera conciencia humana- de que Carmen le diera manotazos intentando acertar el botón donde el molesto zumbido se detenía. Fue al lavabo, se miró en el espejo y tuvo el primer cabreo del día: habían dos minúsculas arruguitas más entre las ya bien establecidas patas de gallo de sus ojos.
- Mañana no me miro en el espejo al levantarme, joder.
Dijo entre dientes, hablando consigo misma, ya que nadie compartía su cama… ni su cama ni su mesa ni los gastos de la hipoteca ni nada de nada. Después de miccionar, o sea, mear, se pesó en una báscula digital, de esas que te dicen con exactitud hasta el último miligramo de grasa que has pillado en la cena de ayer y las veces que has ido al baño si te descuidas y por lo cual te arrepientes cincuenta veces al día de haberla comprado aunque fuera de oferta. No tan solo no había bajado ni un puñetero gramo en las tres semanas que llevaba a régimen, estándose de comer absolutamente de toda comida mínimamente apetecible y sustituyéndolas por cosas verdes sin sabor a nada, si no que había aumentado un kilo doscientos sesenta y tres gramos.
- ¿Qué… porras? ¡Vaya mierda!
Se dijo, esta vez bastante cabreada. Descartó ponerse falda, después de la frustración de la báscula no estaba dispuesta a sufrir un nuevo desengaño al ver que la única que sobrevivía a sus siete kilos y pico de más, -cómodamente arrellenados y bien sujetos a su abdomen, muslos y caderas- acababa por tirar la toalla y reclamar un justo retiro junto con sus compañeras en el estante superior del armario.
Enfundada en un pantalón tejano pero de raya diplomática comprado por catálogo y una camisa blanca que en su origen era holgada pero que a ella le quedaba ajustada, tanto, que los botones amenazaban con salir despedidos si sus pulmones decidían respirar profundamente, un cinturón a la cadera y calzado cómodo, subió al cochecillo que la transportaría al trabajo si dios quería.
Arrancó y salió del garaje sin añadir otro rasguño al costado derecho. Eso ya había sido toda una proeza, teniendo en cuenta que el canijo y antipático de su vecino le había dejado el todoterreno tan arrimado a su puerta que había tenido que entrar por la del acompañante y que para salir de su plaza tuvo que hacer un montón de maniobras. Se lo quiso tomar a buenas y pensó que así ejercitaba los bíceps y los pectorales en los esfuerzos titánicos que hizo para girar el volante cada vez, ya que carecía de dirección asistida por una absurda cuestión de ahorrar un dinerito cuando se compró el dichoso utilitario. De camino a la oficina se topó con unos cuantos energúmenos al volante que le pitaban y le decían barbaridades a chorro solo por el hecho de que ella era mujer e iba al volante y, además, no estaba buena. Decidió también hacer caso omiso de ellos hasta que, en un ataque de histeria desenfrenada causada por un insulto sexista nada tolerable- no a esas alturas ya de su maltrecha paciencia- bajó la ventanilla del acompañante dispuesta a desahogarse. Giró la manivela y maldijo al mismo tiempo la estupidez del ahorro de un mísero dinero en la compra del puto coche y le soltó al tipo del coche vecino que, con total seguridad, podía afirmarse que él era un gilipollas que la tenía del tamaño de un pepinillo y que por ese motivo no satisfacía las expectativas sexuales de su mujer, esta se veía obligada a entenderse con el del mantenimiento del aire acondicionado y que él liberaba su amargura metiéndose con todas las féminas que se cruzaban en su camino, lo cual hacía que su pene-pepinillo menguara aún más, si cabe, de dimensión acercándose peligrosamente al tamaño de su cerebro, que era más pequeño que un guisante, cosa que se constataba dado su poca imaginación al proferir insultos. Dicho esto, subió la ventanilla ejercitando otra vez los músculos del brazo derecho, desoyendo las aberraciones que el otro le soltaba a voz en grito y cuando hubo acabado, ella lo saludó con un gesto obsceno mandándolo a tomar por culo.
Llegó a la oficina completamente alterada, como siempre. Una vez allí, aguantó la penosa visión de sus compañeras, horrorosa y excesivamente maquilladas y tan delgadas que un soplo de aire las lanzaría con fuerza a viajar alrededor del mundo durante al menos un año, y el lastimoso baboseo del jefe de departamento que se arrastraba cual limaco tras sus pasos, solo por que ese día tenía cena con las amigas y había decidido no hundirse de antemano. Estaba harta de aguantar cada día lo mismo, pero no tenía más remedio que ir al curro si quería tener algo que llevarse a la boca, compulsivamente y saltándose la dieta, en los momentos de decaimiento y soledad sentada en el sofá frente a la tele. Pasó el día con un humor de perros y sin comer. Si iba a salir de cena por lo menos llegaría con el estómago bien vacío y el vientre plano, aunque fuera por hambre.
Al salir del trabajo pasó a ver a una conocida que tenía una tienda de ropa, por ver si encontraba algo medianamente decente y que no la hiciera parecer una cincuentona de pueblo desesperada por encontrar un macho-man, se conformaba con parecer una treintañera casi cuarentona desesperada igualmente por encontrar un macho-medio-man. Como había decidido no frustrarse, cosa que se le estaba haciendo cada vez más difícil dado el humor que gastaba después de no haber comido nada en todo el día, hizo caso a su conocida y se quedó una camiseta que, supuestamente, la favorecía mucho. Debía ser por el color de las florecillas que la estampaban, que hacía juego con sus ojos: verde, porque una vez en casa se dio cuenta que hubiera necesitado una o dos tallas más para contener sus enormes pechos que, no sabía porqué extraño motivo, se habían empeñado en aumentar su volumen con el paso de los años, a pesar de las consecuencias que eso y la fuerza de la gravedad terrestre comportaba en su firmeza.
Logró enfundarse los tejanos y embutir sus senos dentro de la camiseta sin que se desparramaran por el escote, a costa de mantenerlos bien comprimidos con un sujetador nada atractivo. Luego acometió la tarea del maquillaje sin ganas, lo de mirarse en el espejo de cerca y enfrontarse a sus arruguitas no le hacía ni puta gracia después del día que había tenido. Encima no sabía que había pasado con sus mechas, pero parecían haber desaparecido con la ducha. Peinó su pelo, ni rizado ni liso, ni liso ni rizado, como pudo. Intentó en vano darle un poco de volumen sin llegar a parecer una loca como unas siete veces, siempre el resultado fue un desastre. Al final optó por ponerse una goma a modo de pulsera en la muñeca por si a media velada decidía que ya estaba bien de ir por el mundo cual pantera rosa acabada de salir de la lavadora y hacerse una coleta. Se calzó unas botas de tacón alto aún a riesgo de escoñarse por las escaleras, escondiendo la caña corta dentro del pantalón, cogió su bolso y se echó a la calle. Habían quedado en el bar de la esquina a las nueve. Estaba segura, segurísima, que le tocaría esperar lo mínimo media hora… pero odiaba llegar tarde.



Continuará…

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