13 jul. 2009

Lo que queda...

... Thought of you as everything

I had but couldn't keep

Linger on your pale blue eyes

El vestido nuevo del emperador o el crepúsculo de los dioses, según se mire.

El viernes 10 estuvimos viendo en concierto a Lou Reed con su esposa Laurie Anderson. Mi marido, yo y otras 1500 personas. Si tengo que deciros que me gustó mucho, más vale que empecéis a sacar la escopeta del abuelo y me la pongáis al pecho, porque de otra forma no será. La verdad es que, al salir del recinto, íbamos los dos tan alucinados que no teníamos palabras que describieran tal decepción. Pero la culpa es nuestra. Lo reconozco.
En fin, me pongo al tema. He leído la
crítica que se le hace en varios periódicos: sinceramente, no creí que en este país fuéramos tan estúpidos, pensé, ilusa de mí, que debía quedar alguien con dos neuronas y un poco de gusto, alguien que sintiera un mínimo aprecio por la música. Aunque claro, lo que aconteció allí no era precisamente muy musical que digamos.
Dicen por ahí que la gente tardó en regalar sus aplausos porque temía molestar al clima existente entre el matrimonio de músicos, íntimo, casi místico… vamos, que levitaban. Yo más bien diría que tardó lo que les costó despertar del shock anafiláctico sufrido nada más empezar a sonar la “música”. A partir de ahora entrecomillaré esa palabra porque, insisto, dudo mucho que se pueda calificar como tal lo que allí sonó. Recuerdo que al poco de escuchar la primera tanda de aplausos, que imagino el público lanzó a la aventura, porque no se sabía cuando podías o no aplaudir o si se acababa o empezaba un tema, le comenté a Ramón: “Es bien, bien, que la gente aplaude porque es Lou Reed, si fuera un desconocido le tirarían tomates”. Lo juro. Y luego al cabo de dos minutos continué: “Esto solo se lo puede permitir alguien que ya tiene un nombre, porque a otro lo abuchean”. Lo vuelvo a jurar. Podéis tacharme de carca, anticuada, de retrógrada, hortera, poco vanguardista, etc… me da igual. Yo creo que el que escribió la crítica iba fumado, durante el concierto y mientras la escribía. Si no, es incomprensible. Decir que era íntimo… bueno, tal vez sí lo fuera: era como si estuvieran tocando en el comedor de su casa y para ellos; como quien queda con un colega y se pone a hacer chorradas con la guitarra, ahora prueban esto y luego aquello… La “música” sonaba mal y distorsionada, demasiado eléctrica, demasiado sintetizador informático, y nada minimalista, sino todo lo contrario: si de verdad lo hubiera sido mejor nos lo habríamos pasado. Que el escenario fuera negro es lo de menos, en realidad, se agradecía, porque como tenías que leer el scroll – por cierto, a quien se le ocurriera lo de la pantallita traductora hay que ponerle una medalla; fue lo único de todo el espectáculo que por lo menos pude disfrutar ya que así entendía la verborrea de la mujer esta – el hecho de que nada distrajera tu atención… léase bien, NADA, otra vez por favor, NADA, hacía que distinguieras mejor los textos.
Otra cosa que he leído por ahí… es que el, ¡ejem! (dejad que me aclare la garganta porque es para mondarse de risa), el pequeño goteo de espectadores que optó – a mi entender, sabiamente – por abandonar el concierto, resultaba francamente molesto, debido a las ruidosas gradas metálicas y no permitían al resto de los entregados espectadores disfrutar del íntimo y místico levitar de la pareja (de tres) de “músicos”. ¿? Si no fuera porque la entrada nos costó 52 euros por cabeza y que en mi corazón albergaba la esperanza de una “remontada” del concierto, yo también me largo. Y eso de lento goteo… vi como una fila entera por delante de mi salía convencidísima de que le habían tomado el pelo y feliz, al fin, de haberse dado cuenta. Son unos héroes para mí, podrán decir: “yo abandoné un concierto de Lou Reed aún a riesgo de parecer inculta”. En un principio, yo me negué a admitir lo evidente y al comentario de mi marido a los veinte minutos de concierto de:"Mira la gente que se va" yo le dije:"no se va, van al lavabo"... él se descojonó de risa junto con el señor que tenía sentado a mi lado. Cuando la fila entera se levantó para irse, mi marido va y me dice: "Fíjate, esos también van al lavabo... todos juntos, se hacen compañía, para no perderse" y, al ver como una rezagada corría para alcanzarlos, añadió: "Mira, mira esa, va que no se aguanta la p0bre, ¿no ves como se mea?" el de al lado, ya sin disimulo, se partía el pecho de risa.
También he leído que, después de cinco minutos de reclamo de los espectadores extasiados con lo que acababan de oír, los “músicos” los agasajaron con un bis. Nada excesivo ni estridente. Comedido y espiritual, como todo en general. Te proponían que fueras predispuesto a la innovación, abierto a todo, dispuesto a conocer: era un espectáculo inspirado en
Dalí y en la tierra que lo vio nacer. En otras palabras: “tú ven y paga, que luego yo ya veré lo que hago para disimular y hacer ver que toco algo nuevo”. En fin, ¿qué cabe esperar de un espectáculo en el que te piden que vayas dispuesto a dar, en vez de recibir? Ya está bien que el espectador dé y el “músico” reciba, pero… ¿no debería también dar algo el “músico”?
En un principio, sentí pena. Pensé que había llegado tarde al concierto. 20 años tarde. Luego me sentí estafada.
El primero de mis estadios, la pena, vi a Lou Reed cual Gloria Swanson descendiendo la escalera enfundada en su vestido de satén, con la mirada perdida y me llevó a reflexionar sobre cuando alguien debe dejar su empleo, dejar de hacer lo que mejor sabe hacer, para retirarse honrosamente y no horrorosamente. No todo el mundo envejece igual; yo veo a mi padre – por hablar de alguien cercano – y no lo veo capacitado para seguir de carpintero, ahora se cepillaría un dedo y ni se enteraría; en cambio mi tío sería capaz de seguir vendiéndote una moto aunque no hayas ido nunca en una. No sé si me explico. Mick Jagger canta y salta – ya menos – por el escenario porque es lo que esperamos que haga y él lo sabe. Claro que, Lou Reed nunca a saltado en un escenario, lo sé. Pero tocaba la guitarra y cantaba. Y creo que él también lo sabe. Cada uno sabe lo que los otros esperan de él. Por eso pasé a mi segundo estadio, el de-fraude. Sí, con guión. Si el público es el soberano por el que cualquier músico haría lo que fuera y por eso se entrega al subir al escenario… Lou Reed es el sastre que engaña al rey haciéndole un traje “invisible”. El traje sería la “música” que interpretó con su mujer el viernes en Sant Feliu de Guixols y, supongo, este domingo en Santiago de Compostela. Nos fabricó un traje a medida, nos contó que tenía las mejores telas adquiridas en la vanguardia de nuestro país, con adamascados de surrealismo daliniano y nosotros nos lo creímos. O tal vez no, pero nos sentimos avergonzados por no saber ver la tela tan maravillosa y no decimos nada. Lou Reed culpa a la juventud de no ser joven… ¿hasta cuando va a tener razón? ¿Quién va a ser el primer niño que diga: “¡Mirad, mirad, el rey va desnudo!”?

Es evidente que no me gustó, ¿verdad?

Bien: Señores, el rey va desnudo.
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