13 jul 2009
Lo que queda...
... Thought of you as everything
I had but couldn't keep
Linger on your pale blue eyes
El viernes 10 estuvimos viendo en concierto a Lou Reed con su esposa Laurie Anderson. Mi marido, yo y otras 1500 personas. Si tengo que deciros que me gustó mucho, más vale que empecéis a sacar la escopeta del abuelo y me la pongáis al pecho, porque de otra forma no será. La verdad es que, al salir del recinto, íbamos los dos tan alucinados que no teníamos palabras que describieran tal decepción. Pero la culpa es nuestra. Lo reconozco.
En fin, me pongo al tema. He leído la crítica que se le hace en varios periódicos: sinceramente, no creí que en este país fuéramos tan estúpidos, pensé, ilusa de mí, que debía quedar alguien con dos neuronas y un poco de gusto, alguien que sintiera un mínimo aprecio por la música. Aunque claro, lo que aconteció allí no era precisamente muy musical que digamos.
Dicen por ahí que la gente tardó en regalar sus aplausos porque temía molestar al clima existente entre el matrimonio de músicos, íntimo, casi místico… vamos, que levitaban. Yo más bien diría que tardó lo que les costó despertar del shock anafiláctico sufrido nada más empezar a sonar la “música”. A partir de ahora entrecomillaré esa palabra porque, insisto, dudo mucho que se pueda calificar como tal lo que allí sonó. Recuerdo que al poco de escuchar la primera tanda de aplausos, que imagino el público lanzó a la aventura, porque no se sabía cuando podías o no aplaudir o si se acababa o empezaba un tema, le comenté a Ramón: “Es bien, bien, que la gente aplaude porque es Lou Reed, si fuera un desconocido le tirarían tomates”. Lo juro. Y luego al cabo de dos minutos continué: “Esto solo se lo puede permitir alguien que ya tiene un nombre, porque a otro lo abuchean”. Lo vuelvo a jurar. Podéis tacharme de carca, anticuada, de retrógrada, hortera, poco vanguardista, etc… me da igual. Yo creo que el que escribió la crítica iba fumado, durante el concierto y mientras la escribía. Si no, es incomprensible. Decir que era íntimo… bueno, tal vez sí lo fuera: era como si estuvieran tocando en el comedor de su casa y para ellos; como quien queda con un colega y se pone a hacer chorradas con la guitarra, ahora prueban esto y luego aquello… La “música” sonaba mal y distorsionada, demasiado eléctrica, demasiado sintetizador informático, y nada minimalista, sino todo lo contrario: si de verdad lo hubiera sido mejor nos lo habríamos pasado. Que el escenario fuera negro es lo de menos, en realidad, se agradecía, porque como tenías que leer el scroll – por cierto, a quien se le ocurriera lo de la pantallita traductora hay que ponerle una medalla; fue lo único de todo el espectáculo que por lo menos pude disfrutar ya que así entendía la verborrea de la mujer esta – el hecho de que nada distrajera tu atención… léase bien, NADA, otra vez por favor, NADA, hacía que distinguieras mejor los textos.
Otra cosa que he leído por ahí… es que el, ¡ejem! (dejad que me aclare la garganta porque es para mondarse de risa), el pequeño goteo de espectadores que optó – a mi entender, sabiamente – por abandonar el concierto, resultaba francamente molesto, debido a las ruidosas gradas metálicas y no permitían al resto de los entregados espectadores disfrutar del íntimo y místico levitar de la pareja (de tres) de “músicos”. ¿? Si no fuera porque la entrada nos costó 52 euros por cabeza y que en mi corazón albergaba la esperanza de una “remontada” del concierto, yo también me largo. Y eso de lento goteo… vi como una fila entera por delante de mi salía convencidísima de que le habían tomado el pelo y feliz, al fin, de haberse dado cuenta. Son unos héroes para mí, podrán decir: “yo abandoné un concierto de Lou Reed aún a riesgo de parecer inculta”. En un principio, yo me negué a admitir lo evidente y al comentario de mi marido a los veinte minutos de concierto de:"Mira la gente que se va" yo le dije:"no se va, van al lavabo"... él se descojonó de risa junto con el señor que tenía sentado a mi lado. Cuando la fila entera se levantó para irse, mi marido va y me dice: "Fíjate, esos también van al lavabo... todos juntos, se hacen compañía, para no perderse" y, al ver como una rezagada corría para alcanzarlos, añadió: "Mira, mira esa, va que no se aguanta la p0bre, ¿no ves como se mea?" el de al lado, ya sin disimulo, se partía el pecho de risa.
También he leído que, después de cinco minutos de reclamo de los espectadores extasiados con lo que acababan de oír, los “músicos” los agasajaron con un bis. Nada excesivo ni estridente. Comedido y espiritual, como todo en general. Te proponían que fueras predispuesto a la innovación, abierto a todo, dispuesto a conocer: era un espectáculo inspirado en Dalí y en la tierra que lo vio nacer. En otras palabras: “tú ven y paga, que luego yo ya veré lo que hago para disimular y hacer ver que toco algo nuevo”. En fin, ¿qué cabe esperar de un espectáculo en el que te piden que vayas dispuesto a dar, en vez de recibir? Ya está bien que el espectador dé y el “músico” reciba, pero… ¿no debería también dar algo el “músico”?
En un principio, sentí pena. Pensé que había llegado tarde al concierto. 20 años tarde. Luego me sentí estafada.
El primero de mis estadios, la pena, vi a Lou Reed cual Gloria Swanson descendiendo la escalera enfundada en su vestido de satén, con la mirada perdida y me llevó a reflexionar sobre cuando alguien debe dejar su empleo, dejar de hacer lo que mejor sabe hacer, para retirarse honrosamente y no horrorosamente. No todo el mundo envejece igual; yo veo a mi padre – por hablar de alguien cercano – y no lo veo capacitado para seguir de carpintero, ahora se cepillaría un dedo y ni se enteraría; en cambio mi tío sería capaz de seguir vendiéndote una moto aunque no hayas ido nunca en una. No sé si me explico. Mick Jagger canta y salta – ya menos – por el escenario porque es lo que esperamos que haga y él lo sabe. Claro que, Lou Reed nunca a saltado en un escenario, lo sé. Pero tocaba la guitarra y cantaba. Y creo que él también lo sabe. Cada uno sabe lo que los otros esperan de él. Por eso pasé a mi segundo estadio, el de-fraude. Sí, con guión. Si el público es el soberano por el que cualquier músico haría lo que fuera y por eso se entrega al subir al escenario… Lou Reed es el sastre que engaña al rey haciéndole un traje “invisible”. El traje sería la “música” que interpretó con su mujer el viernes en Sant Feliu de Guixols y, supongo, este domingo en Santiago de Compostela. Nos fabricó un traje a medida, nos contó que tenía las mejores telas adquiridas en la vanguardia de nuestro país, con adamascados de surrealismo daliniano y nosotros nos lo creímos. O tal vez no, pero nos sentimos avergonzados por no saber ver la tela tan maravillosa y no decimos nada. Lou Reed culpa a la juventud de no ser joven… ¿hasta cuando va a tener razón? ¿Quién va a ser el primer niño que diga: “¡Mirad, mirad, el rey va desnudo!”?
Es evidente que no me gustó, ¿verdad?
Bien: Señores, el rey va desnudo.
7 jul 2009
Nunca llueve de mentira
- … que nunca llueve de mentira.
Y caminó hacia dentro de nuevo, decidida a cambiar el rumbo de su vida.
Carmen se levantó con sueño a las siete y cinco de la mañana después de haber parado el despertador tres veces, hasta que al final este cayó de la mesilla de noche, harto- suponemos, si el despertador tuviera conciencia humana- de que Carmen le diera manotazos intentando acertar el botón donde el molesto zumbido se detenía. Fue al lavabo, se miró en el espejo y tuvo el primer cabreo del día: habían dos minúsculas arruguitas más entre las ya bien establecidas patas de gallo de sus ojos.
- Mañana no me miro en el espejo al levantarme, joder.
Dijo entre dientes, hablando consigo misma, ya que nadie compartía su cama… ni su cama ni su mesa ni los gastos de la hipoteca ni nada de nada. Después de miccionar, o sea, mear, se pesó en una báscula digital, de esas que te dicen con exactitud hasta el último miligramo de grasa que has pillado en la cena de ayer y las veces que has ido al baño si te descuidas y por lo cual te arrepientes cincuenta veces al día de haberla comprado aunque fuera de oferta. No tan solo no había bajado ni un puñetero gramo en las tres semanas que llevaba a régimen, estándose de comer absolutamente de toda comida mínimamente apetecible y sustituyéndolas por cosas verdes sin sabor a nada, si no que había aumentado un kilo doscientos sesenta y tres gramos.
- ¿Qué… porras? ¡Vaya mierda!
Se dijo, esta vez bastante cabreada. Descartó ponerse falda, después de la frustración de la báscula no estaba dispuesta a sufrir un nuevo desengaño al ver que la única que sobrevivía a sus siete kilos y pico de más, -cómodamente arrellenados y bien sujetos a su abdomen, muslos y caderas- acababa por tirar la toalla y reclamar un justo retiro junto con sus compañeras en el estante superior del armario.
Enfundada en un pantalón tejano pero de raya diplomática comprado por catálogo y una camisa blanca que en su origen era holgada pero que a ella le quedaba ajustada, tanto, que los botones amenazaban con salir despedidos si sus pulmones decidían respirar profundamente, un cinturón a la cadera y calzado cómodo, subió al cochecillo que la transportaría al trabajo si dios quería.
Arrancó y salió del garaje sin añadir otro rasguño al costado derecho. Eso ya había sido toda una proeza, teniendo en cuenta que el canijo y antipático de su vecino le había dejado el todoterreno tan arrimado a su puerta que había tenido que entrar por la del acompañante y que para salir de su plaza tuvo que hacer un montón de maniobras. Se lo quiso tomar a buenas y pensó que así ejercitaba los bíceps y los pectorales en los esfuerzos titánicos que hizo para girar el volante cada vez, ya que carecía de dirección asistida por una absurda cuestión de ahorrar un dinerito cuando se compró el dichoso utilitario. De camino a la oficina se topó con unos cuantos energúmenos al volante que le pitaban y le decían barbaridades a chorro solo por el hecho de que ella era mujer e iba al volante y, además, no estaba buena. Decidió también hacer caso omiso de ellos hasta que, en un ataque de histeria desenfrenada causada por un insulto sexista nada tolerable- no a esas alturas ya de su maltrecha paciencia- bajó la ventanilla del acompañante dispuesta a desahogarse. Giró la manivela y maldijo al mismo tiempo la estupidez del ahorro de un mísero dinero en la compra del puto coche y le soltó al tipo del coche vecino que, con total seguridad, podía afirmarse que él era un gilipollas que la tenía del tamaño de un pepinillo y que por ese motivo no satisfacía las expectativas sexuales de su mujer, esta se veía obligada a entenderse con el del mantenimiento del aire acondicionado y que él liberaba su amargura metiéndose con todas las féminas que se cruzaban en su camino, lo cual hacía que su pene-pepinillo menguara aún más, si cabe, de dimensión acercándose peligrosamente al tamaño de su cerebro, que era más pequeño que un guisante, cosa que se constataba dado su poca imaginación al proferir insultos. Dicho esto, subió la ventanilla ejercitando otra vez los músculos del brazo derecho, desoyendo las aberraciones que el otro le soltaba a voz en grito y cuando hubo acabado, ella lo saludó con un gesto obsceno mandándolo a tomar por culo.
Llegó a la oficina completamente alterada, como siempre. Una vez allí, aguantó la penosa visión de sus compañeras, horrorosa y excesivamente maquilladas y tan delgadas que un soplo de aire las lanzaría con fuerza a viajar alrededor del mundo durante al menos un año, y el lastimoso baboseo del jefe de departamento que se arrastraba cual limaco tras sus pasos, solo por que ese día tenía cena con las amigas y había decidido no hundirse de antemano. Estaba harta de aguantar cada día lo mismo, pero no tenía más remedio que ir al curro si quería tener algo que llevarse a la boca, compulsivamente y saltándose la dieta, en los momentos de decaimiento y soledad sentada en el sofá frente a la tele. Pasó el día con un humor de perros y sin comer. Si iba a salir de cena por lo menos llegaría con el estómago bien vacío y el vientre plano, aunque fuera por hambre.
Al salir del trabajo pasó a ver a una conocida que tenía una tienda de ropa, por ver si encontraba algo medianamente decente y que no la hiciera parecer una cincuentona de pueblo desesperada por encontrar un macho-man, se conformaba con parecer una treintañera casi cuarentona desesperada igualmente por encontrar un macho-medio-man. Como había decidido no frustrarse, cosa que se le estaba haciendo cada vez más difícil dado el humor que gastaba después de no haber comido nada en todo el día, hizo caso a su conocida y se quedó una camiseta que, supuestamente, la favorecía mucho. Debía ser por el color de las florecillas que la estampaban, que hacía juego con sus ojos: verde, porque una vez en casa se dio cuenta que hubiera necesitado una o dos tallas más para contener sus enormes pechos que, no sabía porqué extraño motivo, se habían empeñado en aumentar su volumen con el paso de los años, a pesar de las consecuencias que eso y la fuerza de la gravedad terrestre comportaba en su firmeza.
Logró enfundarse los tejanos y embutir sus senos dentro de la camiseta sin que se desparramaran por el escote, a costa de mantenerlos bien comprimidos con un sujetador nada atractivo. Luego acometió la tarea del maquillaje sin ganas, lo de mirarse en el espejo de cerca y enfrontarse a sus arruguitas no le hacía ni puta gracia después del día que había tenido. Encima no sabía que había pasado con sus mechas, pero parecían haber desaparecido con la ducha. Peinó su pelo, ni rizado ni liso, ni liso ni rizado, como pudo. Intentó en vano darle un poco de volumen sin llegar a parecer una loca como unas siete veces, siempre el resultado fue un desastre. Al final optó por ponerse una goma a modo de pulsera en la muñeca por si a media velada decidía que ya estaba bien de ir por el mundo cual pantera rosa acabada de salir de la lavadora y hacerse una coleta. Se calzó unas botas de tacón alto aún a riesgo de escoñarse por las escaleras, escondiendo la caña corta dentro del pantalón, cogió su bolso y se echó a la calle. Habían quedado en el bar de la esquina a las nueve. Estaba segura, segurísima, que le tocaría esperar lo mínimo media hora… pero odiaba llegar tarde.
Continuará…
29 abr 2009
Fácil...?
Tal vez no sabemos hablar del corazón con el corazón.
Tal vez por no saber lo que será mejor nos aproximamos.
“Y mi cuerpo ya no es tu cuerpo, ni el deseo se entrega a nosotros”.
He aquí lo que en verdad queremos decir.
Hablar por hablar… tal vez, no sé lo que será mejor.
Quizá deba despedirme de ti, adiós, así vuelvas a ser feliz.
Yo ya no sé lo que sentir, tu amor no sabe lo que sentir.
Si por hablar hablaste pensando que esa falacia era fácil de entender...
Tal vez sin saber hablar con el corazón te aproximaste…
Triste es ver las curvas del camino en un último adiós, sabe dios lo que quiero decir.
Te agradezco que cuidaras de mí, como me trataste… tus miradas, escuchar quien soy o lo que fui…
Y si al menos todo fuera igual… a ti.
Yo ya no sé lo que es sentir tu amor, ya no sé si sé lo que es sentir.
Hablamos por hablar pensando que así entendemos, olvidando esa falacia.
El amor que llega, al fin.
Un amor que llega al fin… a su fin. Un final así, así es más fácil de entender…"
Percibió el golpeteo de las llaves colgando del llavero en la madera, mientras la que abría daba vuelta en la cerradura. Nuno jamás escuchaba ese sonido. Solo oía la música a través de la puerta cada día al llegar de la oficina. Eso debió decirle algo. Solo que Nuno era de aquel tipo de hombres que prefería negarse lo evidente, incapaz de aceptar una realidad por tangible que esta fuera si con anterioridad no se la había planteado y desarrollado en su multitud de formas y contextos y examinando todas sus vertientes y argumentos.
Introdujo un cd en el lector y le dio al play. No había mucho tráfico, era temprano. Se dispuso a abandonarse al placer de escuchar mientras conducía. Hizo un repaso mental de lo que llevaba en la bolsa. Creía que no se olvidaba nada. En realidad, sabía que dejaba muchas cosas, pero no materiales. Empeños y sueños lo que más. Claro que las discusiones y decepciones no se quedaban cortas. Pero eso ahora daba igual. Ya daba igual. Además, estaba segura de haber metido en la bolsa de basura que le hacía de maleta el álbum de fotos, todo lo demás… le importaba una mierda.
Se sentó en la cocina. Pensó que tenía hambre, solo que quizá debería esperar a que ella llegara, seguro que no iba a tardar. Abrió la nevera y, a pesar del hambre, no le apeteció nada. Vio una lechuga y un par de tomates demasiado maduros, un pote de pepinillos a la mitad, queso y longaniza en un plato sin cubrir, un par de yogures azucarados y una botella de zumo de naranja. Una jarra de agua y un tetrabrik de leche casi acabado. Pan de molde. Mantequilla y solo la muestra de queso filadelfia, mermelada de frambuesa, una lata de olivas y otra de anchoas. No había nata líquida para cocinar. En un paquete de papel encerado encontró un par de filetes. Bueno, faltaba el vino a refrescar, así que sacó una bolsa de cubitos del congelador y la vació en la cubitera, metió otro cacharro dentro de ella e introdujo el vino en él. En poco tiempo estaría a la temperatura ideal, para entonces seguro que ella ya habría vuelto.
Se habían parado a comer en un bar de carretera, el aparcamiento estaba lleno de camiones pero encontró sitio para dejar el coche frente a los cristales del comedor. La comida no estuvo mal para lo que le había costado. María se entretuvo pintarrajeando sobre el mantel de papel un buen rato mientras ella tomaba su café y fumaba su pitillo. Había vuelto a fumar después de tres años, pero que bien sabía el humo quemando sus pulmones. Toda la tarde María viajó tranquila en su sillita, solo paró en una gasolinera para merendar un poco de fruta y estirar las piernas. En los columpios, María dijo que tenía sueño y quería su “ito”. Vale, ya la había cagado, no sabía donde lo había metido. Estaba segura de que viajaba con ellas, pero el lugar exacto… de eso se encargaba siempre él y hoy no estaba. Debería aprender a ser más organizada de ahora en adelante. Dio el biberón que había pedido que le llenaran con leche tibia en la cafetería a María y le ató el cinturón, rebuscó entre el desbarajuste que resultaba el maletero y encontró el “ito” de la niña. En cuanto lo abrazó se quedó dormida y ella continuó su viaje tranquilamente, muy, muy lentamente, hacia ninguna parte.
Era tarde. Por la tele no daban nada interesante. Miró el reloj por primera vez. Las once. María debía estar dormida donde fuera que su madre la tuviera, seguramente en cualquier cafetería o sala de exposiciones. Abrió de nuevo la nevera y se hizo un filete vuelta y vuelta, con el resto de filadelfia y un poco de leche preparó una salsa para poder mojar el pan de molde. El vino estaba excelente. Recogió la cocina, guardó todo en su sitio y la limpió. Luego se dio una ducha y entró en la habitación. Dio la luz. Corrió las cortinas y bajó las persianas y luego fue cerrando todos los cajones y las puertas de armarios. Salió al pasillo y entró en la habitación de la niña e hizo lo mismo que en la suya, cerró los cajones y las puertas y el baúl de los juguetes. Volvió a su habitación y entonces se dio cuenta de que aún no se había puesto el pijama, buscó bajo la almohada y encontró una nota.
"Me voy"
4 abr 2009

Vivo en un ojo... lleno de ojos que me miran y me juzgan.
Se acercan los bordes afilados de la tormenta, que da vueltas alrededor ajena a una, y siento en la piel los fríos cortes que me asesta el agua que corre en ella...
Se le suma el viento helado de la memoria que todo lo guarda y arremete con los reproches...
Si una vive dentro del ojo del huracán y su aparente calma...
Si una vive tragando ficticias calmas desde hace tiempo...
¿Cuanto se supone que debe tragar más?
¿Cuanto se supone que aguanta el cuerpo?
...
18 mar 2009
Cuento en tres partes 3ª
La piel
"Escherzo"
Llegó pronto, siempre lo hacía. Desde el primer día. Nunca imaginó conseguir ese trabajo, por más contenta que saliera aquella tarde de la entrevista. Se cambió de ropa y fue a buscar la carpeta con los informes. Después de repasarlos y ver que no había ningún ingreso nuevo y recibir alguna instrucción particular para un caso concreto, inició su ruta. Empezaba por él. No por nada en especial, si no porque era el que más tiempo requería en sus curas.
Le costó mucho abrir los ojos. No podía moverse, por lo menos no sin morir de dolor en el intento. Vio una silueta difusa, a contraluz y a pesar de eso, blanca. Debía ser por la bata de hospital.
Primero quitaba todos los apósitos de un lado y limpiaba con cuidado todas las heridas supurantes. Había veces que él se removía en la cama. Por el dolor imaginaba. No lo hacía de forma brusca, lo cual aún la conmovía más. Aún estando sedado, debía ser doloroso. Cuando acababa de un lado, llamaba a alguien para voltearlo y repetir el mismo proc
edimiento en el otro. No podía hacerlo sola, pesaba demasiado.
Nunca había visto un hombre tan grande hasta el día de la entrevista. La verdad era que no le había resultado nada esperanzador verlo esperándola en la puerta del despacho. A su lado, él parecía un gigante, con sus dos metros de altura y casi 100 kilos de peso. Cuando le estrechó la mano al salir, supo que no la llamarían. La había estado observando con curiosidad y sin esconderse de ello. Por lo menos eso, se lo agradeció. Aunque no entendió que no estuviera al corriente de su historial. Cuando, una semana más tarde, Marcos la llamó comunicándole su ingreso en plantilla, no salía de su asombro.
No sabía cuanto tiempo llevaba allí, pero ese día se le estaba haciendo largo. Aún no habían entrado a curarlo.
Cuando recordaba aquellos primeros días, el nerviosismo, el ajetreo de las prácticas, la adaptación a los compañeros, las miradas desconfiadas de la gente a la que tenía que curar y de cómo se impresionó cuando se enteró de quien era él, sentía frio. Muchas veces pensaba que quizá pasara más tiempo del debido curándole, total, no era más que otro paciente. Tal vez lo hacía para agradecerle el haberla elegido o porque él no podía poner reparo en que fuera ella la que lo curara.
Se había dado cuenta de que los días más largos eran fin de semana. Aunque no todos los fines de semana eran eternos, solo si ella no tenía guardia.

En esa habitación se sentía segura, era la inyección de confianza que necesitaba para superar el día de trabajo, siempre sujeta a las constantes miradas. No pensó que le costaría tanto pasar de ellas. Lo tenía todo controlado antes de empezar en el hospital. La gente y sus preguntas no le suponían ningún problema, al contrario, era un reto buscar una contestación original para cada uno. Pero allí todo era distinto. Allí era ella la que curaba. Y estaba herida. Salvo en aquella habitación.
Sus gritos no se oían, no sabía porqué, pero no podía articular palabra. Le hacía daño e intentó quejarse. Era inútil. Ella no tenía la culpa, pero sentía tanto dolor que le resultó imposible permanecer por más tiempo consciente.
La isla de su calma se esfumaba. Lo sabía y, aún así, ella seguía empeñada en que eso no pasara. Era como recordar su vida, desde el principio, una y otra vez, una y otra vez…
El otro día ella le habló. Parecía que lo hubiera hecho anteriormente, porque lo hacía con familiaridad, pero él no lo recordaba. Se acercó para hacerlo. Le dijo que no se preocupara, que lo haría despacio. Pobre. Intentaba no herirlo en todos los sentidos.
Se sentía triste. Ya no le gustaba entrar y verlo allí tendido. Era como ver su propia derrota. Pero no sabía como ayudarlo. Le había empezado a hablar más a menudo aunque todos le decían que no era bueno entablar una relación estrecha con un paciente en ese estado.
Volvió a acercarse mucho ayer por la mañana. Olía tan bien. No podía ver con claridad su cara, pero le sonreía cuando le hablaba. Él sabía que debía tener un aspecto horrible y que olía mal, tenía heridas por toda la superficie de su cuerpo que le supuraban constantemente, a pesar de las veces que ella venía a curarle.
Alguna vez pensó que hacía todo aquello como agradecimiento porque él la eligió a ella entre un montón de gente. Ella, pequeña y tapando cada milímetro de su piel para no ser juzgada por su aspecto. Desde esa mañana ya no lo hacía, llevaba el uniforme como todas las demás. Notó que la miraban, pero le daba igual. Entró en la habitación y empezó a hablarle. Hoy le amputarían una pierna.
Ese día ella se acercó de nuevo mucho. Le contó algo de una pierna, ¿tal vez suya?, él grito. Era extraño, porque se oyó la voz. No se parecía en nada a la que él se recordaba. Luego perdió el conocimiento.
Lo habían dejado sentado. Cuando entró temprano por la mañana se lo encontró así. Llamó al responsable pero no supieron darle explicación, nadie sabía con certeza las horas que llevaba sentado. El vendaje le supuraba por la parte superior y no olía nada bien. Ese día lo pasó intentando salvar la otra pierna. Esta vez lo haría a su manera. Salió a por sus pomadas.
Por fin le había visto la cara. Entre nieblas, pero la había reconocido, aunque no por la cara, si no por los pies. Sentado tenía otra perspectiva que en la cama. Le estuvo aplicando una espacie de aceite que olía muy bien, como ella. Por fin había dejado de heder. Esa noche recordó que él… no llegó a elegirla para el puesto. Menos mal que alguien sí lo hizo.
Por la mañana ya no estaba. Era el primero en quirófano. Cuando lo subieron aún dormía, pero ella volvió a curarle los brazos y el torso y todo lo que le restaba de piernas, con sus ungüentos.

Es curioso lo que uno piensa estando postrado en una cama, y sobre todo, en una cama de hospital. A veces, las enfermeras de la tarde, se dejaban la puerta entre abierta y él veía pasar a gente. Personas que visitaban a otras personas, que abrazaban, que besaban… es curioso lo que echas de menos en una cama de hospital.
No era su turno, acababa de irse apenas un par de horas antes. Subió por la escalera y entró en su habitación. Estaba solo, como suponía. Nadie entró a hacerle compañía. Ni siquiera la enfermera para ver si necesitaba algo. Excepto ella.
Lo necesitaba. Era ya una carencia que se le hacía insoportable, casi tanto como el saber que jamás volvería a ser el que era.
Llegó muy temprano, más de lo habitual. Se lo encontró llorando.
Estaba cansado. Muy cansado. Mucho más que cuando corría los 20 kilómetros por las tardes. Y no podía decírselo, porque no podía hablar.
Esa tarde había pedido que la ayudaran a sentarlo de nuevo, al lado de la ventana. Se quedó con él hasta tarde. Muy tarde.
Se despertó en otro lugar, pero ella estaba allí, mirándolo. Lo esperaba y él lo sabía. Las lágrimas escaparon de sus ojos escociéndole en la cara. Ella las recogió con las puntas de sus dedos, suaves. Los notó, notó como ella rozaba con su piel la suya y eso lo hizo llorar más aún. Entonces ella lo abrazó. Fue el abrazo más dulce que nadie le había dado, le causó un dolor insoportable y a la vez, un profundo descanso.
Cuando se separó de él, hacía ya algún tiempo que no respiraba. Aparecieron las enfermeras e intentaron reanimarlo, pero ya se había ido. Ella volvió a casa y preparó el baño, echó sales y encendió unas velas. Se quitó la ropa y se miró desnuda ante el espejo. Aún llevaba algo de su piel pegado en su cuello.
10 mar 2009
Cuento en tres partes, 2º
Fernando
"Andante"
Sudaba, sudaba mucho, pero no podía parar, aún no llevaba ni cinco kilómetros. Sentía el golpeteo de sus pies contra el asfalto en la carrera, atravesando su cuerpo de gigante hasta llegar a sus pulmones, acompasándose con su respiración. En sus oídos una sonata de Grieg.
Hacía ya más de diez años que cada noche salía a correr por la ciudad, no requería carnet de socio y podía hacerlo cuando quisiera o cuando pudiera. Por norma, dejaba de pensar en el trabajo cuando lo hacía. Se concentraba en ganar su batalla particular en cada zancada, en cada escalón que subía o bajaba, en cada nueva esquina que doblaba en dirección a otra que alcanzar. Dejaba atrás una calle tras otra, entrando en el parque paralelo a la carretera, trazando la curva para perderse cuesta abajo, sintiendo entonces temblar las piernas, aguantando todo su peso apoyado en los talones y forzando las rodillas a soportar el descenso. Así era como su cuerpo se mantenía atlético. Lejos quedaba aquel niño que creció obeso casi desde el primer año de vida.
Había dejado los informes encima de la mesa del despacho, en casa. Casi estaban listos, aunque la última entrevista aún le daba vueltas en la cabeza junto con los temblores de las piernas. Dudaba. Era la primera vez que le pasaba. Jamás había tenido problema alguno para elegir entre los candidatos. Sin embargo, esta vez dudaba. Sabía en su fuero interno que esa chica no podría hacerse cargo de lo que suponía ese puesto y aún así, él se resistía a dejarla fuera definitivamente. Pasó al lado de una fuente en una placeta y de un salto, entró dentro de ella, atravesándola en dirección a la salida occidental del parque. El agua lo había salpicado en las pantorrillas y el pantalón, empapando las zapatillas, que emitían un peculiar sonido al chocar la suela contra la tierra seca del camino. El polvo se adhirió a sus calcetines contagiándolos de un color marronoso. Se paró. Arrancó de sus oídos a Grieg y dio media vuelta hacia la fuente a paso resuelto, arrojando el mp3 definitivamente al suelo. Esta vez se sentó en el agua. Pero estaba cansado y acalorado, así que acabó por estirarse con los brazos en cruz. Repasó mentalmente la lista que había hecho de los aspirantes más idóneos, un total de siete, ella incluida. La había añadido en último lugar con una marca en forma de equis triple al lado.
Un hombre pasó paseando a su perro, ambos se asustaron al ver la imponente figura emergiendo del agua. El schnauzer miniatura negro empezó a ladrar y el amo tiró de la correa, intentando alejarse de semejante tarado. Él intentó sacudirse toda el agua que pudo y recogió su mp3 volviendo a la carrera. Al rebasar al hombre le dejó un “lo siento, perdón por el susto” suspendido en el aire húmedo de su rebufo.
Correr sabiéndose seguro de haber tomado la decisión correcta, le permitió concentrarse de nuevo en las zancadas y los latidos de su corazón. La mujer de anteayer por la mañana era la idónea, fuerte y con experiencia. En cuanto llegara a casa prepararía el contrato y las anotaciones para Elisa, su secretaria. Por suerte sería ella la que haría las llamadas de agradecimiento a los no elegidos, esa que en realidad dice: “no nos sirves, hazte a la idea”. Lo sentía por la chica de ese medio día, quizá fuera mejor llamarla él mismo. Se lo debía a Marcos. Fernando y él se conocieron al empezar los dos juntos en el hospital, él en recursos y Marcos en dermatología. Él le pidió que, por favor, la entrevistara. Seguro que lo entendería, ella no tenía experiencia y no parecía muy fuerte, excelentes notas, eso sí, pero no bastaban. Tal vez pensara que existía algún tipo de prejuicio, pero no era así, él sabía perfectamente lo que es ser rechazado por una imagen, sufriéndolo desde la infancia por ser un niño obeso y más tarde un adolescente gigante. Tardó años en ser mirado de una forma “normal” por los demás y más demostrarse a si mismo que una apariencia no lo es todo, dejando atrás los complejos. Aunque cada día luchara contra la báscula a base de obligarse a correr de 20 a 25 kilómetros.
Grieg sonaba por fin solo en su cabeza, ningún otro pensamiento estorbaba al piano y al cello. Sus rápidas pisadas se unían a la cadencia de la sonata y lo llevaban, por el arcén de la carretera que bordeaba el parque, de nuevo al laberinto de calles. Subió el volumen y aceleró la marcha, lo mismo que el camión cisterna. Este último frenó de golpe, un coche incauto efectuaba un adelantamiento sin señalizar y a toda pastilla. Fernando lo hizo suavemente para tomar la curva del final del parque. El camión no pudo evitar perder el control de la carga, y él no pudo evitar ser alcanzado por esta en su violenta expansión por la carretera.
No podía ser peor final para tan largo día. Le esperaban horas de intentar sobrevivir al dolor que le causaba cada poro de su piel al contacto con el líquido elemento.
5 mar 2009
Cuento en tres partes, 1ª
Blanca"Allegro de sonata"
Blanca era pequeña. Nació así. Después de un embarazo complicado y un parto prematuro. Con sus pequeños pulmones aún por desplegar, se agarró a la vida dejando la piel en el esfuerzo. La primera vez que dejaron a su madre tomarla en brazos no se quejó, apenas soltó un pequeño gemido, a pesar de que tal gesto, de naturaleza cálida, afectivo y necesitado, absolutamente habitual entre cualquier otra madre e hija, le causara la primera reacción alérgica cutánea de su vida.
Ese día Blanca se había calzado su par de sandalias de tacón alto. El más alto que tenía. Se miró en el espejo enorme de la habitación completamente desnuda, a excepción de las sandalias, y se vio guapa. Con sus veinte y muchos años y cuarenta y pocos kilos, su cuerpo se veía bien proporcionado y de silueta dulce y grácil, a pesar de la delgadez extrema. Su fina capa de piel brillaba transparente, excesivamente hidratada. Olía bien. Y era debido al baño que se había concedido como premio. Media hora sumergida en agua y aceites esenciales, sanando al cuerpo y alimentando al espíritu. Después de salir del agua y secarse con una fina tela de algodón egipcio muy peinado y de áureo color, siguió el ritual tantas veces repetido a lo largo de su vida. Escogió el tarro redondo de cristal rosa, de entre otros guardados, casi expuestos, en una vitrina del cuarto de baño. Extendió la crema perfumada dulcemente por toda su piel, con sumo mimo y sin dejar ni un solo milímetro de ella carente del suave contacto fresco y delicado de la pomada.
Seguía mirándose. Lo hizo aún durante unos minutos más, concediéndose ese contento, reservado excepcionalmente para las grandes ocasiones, un día entre semana. Luego se vistió y salió a la calle subida en sus sandalias de tacón alto.
Caminaba segura hacia la entrevista. Hoy no tendría que darse prisa para comer. Ni tendría que llegar pronto al hospital para las curas. Le habían dado el alta definitiva ayer mismo.
Entró en el despacho enfundada en una blusa nívea, de manga larga, que perdía sus bajos dentro del cinturón de piel clara que le ajustaba suavemente el pantalón blanco a su cadera. El hombre le señaló una silla frente a la mesa para que tomara asiento, desde la cual él podía observarla mientras paseaba arriba y abajo de la estancia, alrededor de ella y de la mesa. Le hizo muchas preguntas a las que ella respondió con soltura y aplomo, pero sin urgencias, tomándose su tiempo para preguntar ella también. En uno de los paseos él se detuvo a su espalda, lo sentía escudriñarla, curioso e intrigado. Él miraba la suave seda del pañuelo blanco con pequeñas flores crema, envolviendo su esbelto cuello. Y se quedó fijado al nudo, como los picos del mismo pañuelo, a un lado, bajo la oreja. Una oreja desprovista de agujeros y pendientes. Pensó que olía muy bien, aunque no pudo identificar su perfume. No se parecía al de ninguna otra de las mujeres a las que había entrevistado esa mañana, ni a las de anteriores mañanas.
Salió contenta. Él le había estrechado la mano al despedirse y le hizo la pregunta. Creía que se iba a librar de ella, pero no fue así. No importaba, estaba preparada. Y salió indemne, victoriosa. Su sonrisa la delataba al caminar a paso ligero por la acera en dirección al parque, recordando esos últimos minutos.
- … recibirá una llamada, sea cual sea nuestra decisión. Bueno, mi decisión. Nadie va a poner en duda mi valoración, si no, no me pagarían un sueldo.- Dudó unos instantes, la mirada en su mano. - ¿Puedo preguntarle… qué le pasó? ¿Se las quemó?
- No.
Ella la dejó caer, apuntando con las puntas de los dedos a sus pies, que esperaban la señal, perfectamente colocados y dispuestos a ser examinados. Sus ojos los siguieron. Era inevitable, todos lo hacen. Él ya los había estado contemplando antes, en el ligero, casi imperceptible, balanceo a los que ella los tuvo sometidos durante todo el tiempo que duró la entrevista. Le habían parecido entonces unos pies bellísimos y ahora lo dejaron absolutamente rendido ante su perfección.
- Le aseguro que mis manos son tan suaves como las suyas…
Y se la tendió de nuevo, para ser estrechada, puesta a prueba, otra vez. Ella apretó con firmeza en un principio y se deshizo del saludo con un gesto tan tibio que él se estremeció.
- … incluso más. Esperaré impaciente esa llamada. Buenas tardes.
Se alejó de las muchas personas que paseaban a aquellas horas, las primeras y más calurosas de la tarde, buscando sombras donde guarecerse del sol de verano y tomarse un helado. Se sentó en un banco y bebió agua fresca mientras pensaba que hoy, era su día perfecto. Sí. Un día perfecto.




